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Una historia de Stalker que escribi,comentadme que os parece 
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Novato
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Nota Una historia de Stalker que escribi,comentadme que os parece
CAPITULO PRIMERO: RENACER



Ahora que me encuentro sentado en la más sucia y oscura esquina de la sucia y oscura taberna “Los 100 Rads”, un viejo complejo industrial reconvertido, con bidones oxidados que hacen las veces de sillas y ratas murmurando en las esquinas, alumbrado por una moribunda bombilla solitaria que cuelga oscilante de un cable, creo que ha llegado la hora de contar mi historia. No me ha resultado fácil hacerme con estas hojas sobre las que escribo y tuve que desprenderme de objetos valiosos a cambio de este estropeado bolígrafo que estoy usando, pero creo que mis futuros lectores me agradecerán que no haya permitido que estos hechos caigan en el olvido.

Han pasado ya 11 años desde mi llegada a la Zona, por aquel entonces, tras el Incidente, yo tenía tan solo 20 años de edad.

En el mundo exterior, ahora tan lejano para mí, apenas se hablaba de lo que ocurrió aquí, lo que ocurrió tras el terrible accidente de la central nuclear. Solo se sabía que se había establecido un amplio perímetro de seguridad y que no era seguro ni recomendable acercarse. Los padres disuadían a niños y jóvenes curiosos con terribles historias inventadas y las autoridades se encargaron con eficacia de acallar a todo tipo de alborotadores y agoreros. Poco a poco, la tragedia fue pasando a un segundo plano y la mayoría de la gente la extrajo de sus pensamientos.

Pero yo, como tantos otros que acabamos aquí dentro, no tuve unos padres que me disuadieran, unos amigos que me aconsejaran.
Tan solo recuerdo de aquellos días que no podía quitarme este sitio de la cabeza. Desde el mismo instante en el que me enteré de los pormenores del Incidente, supe que debía venir. Por alguna razón sabía que mi destino, fuese cual fuese, estaba aquí. Sentí “la llamada de la Zona”, como algunos pasarían a denominarla más tarde. Así que tomé la irrefutable decisión de abandonar cuanto antes el hediondo suburbio de Kiev en el que malvivía, trabajando de cuando en cuando como mensajero, montado siempre en mi vieja bicicleta y soñando con otro mundo, y acercarme tanto como pudiera a aquel lugar quimérico que aparecía cada noche en mis sueños. “Mi vida cobraría por fin sentido allí, tengo que dejarlo todo atrás”, me repetía a mí mismo a cada instante, y aquella inexplicable sensación me empujó a moverme más de lo que nada podría haberlo hecho antes.
Busqué y busqué durante meses, y al fin encontré a un grupo no muy numeroso de individuos que anunciaba por la red su intención de acceder al lugar. No dudé en contactar con ellos y, tras un mes de preparación, nos reunimos para realizar el viaje que cambiaría nuestras vidas para siempre. Pronto descubrí que eran una panda de tarados, pero estaban tan jodidamente desesperados por entrar en la Zona como yo.

Nos dirigimos al norte por carreteras secundarias, sorteando los controles militares, aunque nos fue imposible evitar que nos registraran el coche un par de veces. No llevábamos armas, aún no sabíamos cuánto las necesitaríamos, así que pagamos los sobornos pertinentes y los soldados no pusieron demasiadas pegas al dejarnos continuar. La desgana y apatía con que desempeñaban sus funciones me sorprendió y más aún la facilidad con que levantaron la barrera cuando vieron el fajo de billetes que mi compañero les ofrecía. No iba a quejarme, no obstante, pues aquello nos permitió continuar el viaje, que otrora hubiera terminado allí mismo, ante un militar recto y disciplinado.
Recuerdo que pensé que la situación era extraña: cinco hombres que apenas se conocían apretujados en un coche destartalado, escuchando música folk en un viejo radio-cassette Kenwood, de los que ya no se fabricaban, y dirigiéndonos a un lugar del que todo el mundo huía. Nadie hablaba. Según nos acercábamos, la emoción que todos experimentábamos era tal que el que tenía a mi lado no paraba de balancearse, presa de una especie de tic nervioso. Un tal Maxim, de Kharkov, me hubiera gustado aplastarle la cabeza contra la ventanilla para que se estuviera quieto.

Supe que nos acercábamos sin necesidad de mirar los carteles orientativos de la carretera, lo notaba en el aire, un olor extraño al que ahora ya me he acostumbrado, pero que entonces me causó un gran impacto. ¿Qué era aquello? ¿Radiación?, pensé. No, la radiactividad no puede olerse. Aun no sospechaba nada de lo que me esperaba allí dentro.

Ya no se veía a nadie a través de la ventanilla. Los pueblos, las granjas, las fábricas que pasaban velozmente tras el cristal se hallaban totalmente desiertos. Los habían evacuado hacía tiempo, tras el Incidente, o al menos lo habían intentado, ya que, pese a que los noticiarios rebajaron ostentosamente las cifras de muertos, era un secreto a voces que la dimensión de la tragedia humana en las regiones colindantes a la Zona había sido mayor de lo que nadie se atrevía a reconocer. La radiactividad, o “asesina silenciosa” como la llamaban algunos ucranianos, había barrido pueblos enteros, dejando a su paso cientos de muertos y terribles secuelas en los supervivientes. Si bien entonces, meses después, gracias a los fuertes vientos que soplaron tras la catástrofe y al inmenso caparazón de hormigón que se instaló en tiempo récord sobre la parte más radiactiva de los restos de la central nuclear, los niveles de radiación habían bajado considerablemente y se podía caminar con relativa seguridad por los aledaños de la Zona.

Alexandr, el co-piloto, llevaba extendido sobre las rodillas el mapa del perímetro que habíamos comprado a uno de los militares por 3000 grivnias. Un precio desorbitado en mi opinión, auque nos fue imprescindible para determinar el pasaje más seguro por el que acceder a la Zona. Alexandr hizo una seña al conductor para que se desviara a la derecha por un camino de tierra y enseguida llegamos a una pequeña granja abandonada de aspecto siniestro. El coche frenó. “Seguiremos a pie desde aquí”, anunció Vasyl, el conductor, tras una breve conversación con Alexandr. Aparcó el coche entre unos arbustos, con la intención de esconderlo, y todos nos apeamos.

Recuerdo perfectamente la sensación que experimenté al abandonar el coche, cuando el motor se hubo detenido. El silencio me abofeteó en la cara dejándome aturdido durante unos segundos. La atmósfera, lúgubre hasta límites que mi cerebro tardaría en asimilar, nos oprimió hasta casi estrangularnos. Aquel lugar estaba maldito, y eso me encantaba.

Según el plano, aún estábamos a un par de kilómetros del perímetro marcado en rojo que ponía límites a la Zona sobre el papel. Muchos habrían deseado que bastara con marcar un círculo rojo sobre un trozo de papel para circunscribir algo tan poderoso y dañino como era la Zona.

Todos sacamos nuestros contadores Geiger y los blandimos hacia delante mientras avanzábamos por una explanada de césped grisáceo, dejando atrás la granja. Las cifras que aparecían en mi contador cambiaban a cada paso, sin sobrepasar nunca el 0.3, y de momento el aparato no emitían ningún sonido alarmante. No sabía demasiado sobre radiactividad, pero recordaba las palabras del tipo rudo que me había vendido el aparato: “Si pita, estás jodido, cuánto más pite, más jodido estás”. Si llegaba el momento, seguiría adelante –recuerdo que pensé entonces- seguiría adelante aunque el pitido me dejara sordo, ya no había vuelta atrás.

Anduvimos sin pausa durante una media hora, cruzando la explanada, hasta que, en medio de la baldía extensión, nos encontramos con dos coches aparcados. Estaban vacíos y todas sus puertas se hallaban abiertas. Junto a ellos había multitud de huellas de pisadas marcadas en la arena y la hierba. Todas iban en la misma dirección.

Registramos los vehículos concienzudamente en busca de cualquier cosa útil. No hubo suerte, así que nos pusimos de nuevo en marcha, siguiendo el rastro.

No anduvimos mucho. A los pocos minutos, tras un leve desnivel, una sólida alambrada de unos tres metros de altura apareció cortándonos el paso. La cerca se extendía en ambas direcciones hasta donde alcanzaba la vista. Simétricamente distanciados unos de otros, se podían leer, pegados a la gran barrera, diferentes paneles disuasorios en varios idiomas. Algunos simplemente mostraban un gran símbolo rojo de la radiactividad, otros hablaban de peligro de muerte más allá del perímetro de seguridad que delimitaba el cercado. No creí que ningún cartel pudiera disuadir a nadie que hubiera llegado hasta allí. En efecto, un poco más a la derecha de donde nos encontrábamos, una porción de la alambrada había sido cortada sin cuidado con unas cizallas, seguramente por los ocupantes de los coches, cuyo rastro habíamos seguido hasta allí.

El repentino brote de rabia que me atenazó al comprobar que no éramos los primeros visitantes no deseados que profanaban la zona no consiguió desplazar la emoción que me embargaba. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo cuando Máxim se acercó temblando a la apertura. Recuerdo que Vasyl se agachó junto a él y lo apartó de un empellón, quería ser el primero en entrar y Máxim, acobardado, no se atrevió a contrariarle. No obstante, Vasyl permaneció unos segundos junto al orificio, oteando la lejanía, antes de tomar aire y deslizar su robusto cuerpo a través de la alambrada.

Yo fui el último en pasar, me reuní con mis compañeros al otro lado de la valla. Los cinco nos quedamos parados durante un buen rato, inmóviles, como aturdidos. Nadie hablaba, era momento para la introspección, para mirar hacia dentro de nosotros, para experimentar aquello en solitario. No sé lo que sintieron o pensaron ellos, pero recuerdo perfectamente lo que sentí y pensé yo.
No sabía muy bien qué era lo que esperaba al cruzar la alambrada, quizá una especie de catarsis sobrenatural que, de alguna manera, llenara el vacío que habitaba en mi interior desde que era un crío. Aquello no sucedió, y en el fondo, no me sorprendía: sabía que el mero hecho de traspasar un umbral no podía cambiarme por dentro. El vacío permaneció ahí pues, lo cual hizo que fuera aún más sorprendente la vasta sensación de bienestar que me asaltó de repente. Fue una felicidad primaria que jamás había experimentado en el mundo exterior. De pronto me sentía perfectamente integrado por el entorno que me rodeaba, era como si por fin mi ser extraño y rechazado por el mundo real, encajara a la perfección en aquel lugar fantástico e irreal; como si el lúgubre ambiente que transpiraba la Zona acogiera gustoso mi alma lúgubre como parte de él. Y, por un momento, la monótona extensión de matorrales grises y sombríos que se extendía frente a mí me pareció el lugar más acogedor en el que había estado, y el cielo plomizo que se cernía sobre nuestras cabezas me pareció el más hermoso que jamás había visto. Me di cuenta entonces, durante este momento glorioso, de que estaba en el lugar en el que debía estar en ese preciso momento, en el punto de partida de mi nuevo camino; de que mis 20 primeros años de vida habían sido una antecámara preparatoria, un duro trámite por el que debía pasar antes de empezar mi verdadera existencia tras aquella alambrada.

Pero el revelador momento terminó, y el vacío volvió a caer sobre mí como una pesada losa, más insoportable que nunca. No obstante, lo afronté sin miedo alguno, como nunca antes lo había hecho. Por primera vez me asomé sin vértigo al profundo abismo que se abría en mi alma, y supe que podría llenarlo, que la Zona me ayudaría a llenarlo.

Di un paso adelante, estaba preparado para ver lo que la Zona tenía que enseñarme, para vivir las experiencias que aquel lugar me ofrecía; o al menos eso pensé entonces. Muchos años más tarde me daría cuenta de que todo, hasta el más insondable de los abismos, tiene límites, y cualquier recipiente que se llena por encima de su capacidad tiende a desbordarse con fatales consecuencias.

Fui el primero en reanudar la marcha, ansioso por ver más, sorteando los matorrales. Las ramas secas y muertas se quebraban a mi paso y aquel era el único sonido que osaba sobreponerse al intimidatorio silencio que reinaba despóticamente. Mis compañeros me siguieron enseguida, aunque no me hubiera importado dejarlos atrás; no me agradaba la idea de tener que recorrer aquel camino que me aguardaba, mi camino, acompañado y seguramente incordiado por aquellos individuos.

Pronto los matorrales secos fueron dando paso a pequeños árboles, también mustios y de aspecto moribundo, con las hojas grisáceas, carentes de brillo alguno, hasta que nos adentramos en un bosque bastante espeso, de aspecto inquietante.

El hedor, aquella pestilencia repulsiva pero sugerente al mismo tiempo que había percibido ya desde el coche, había ido aumentando en intensidad según avanzábamos por entre los arbustos, y al penetrar en la arboleda se había vuelto insoportable. Tan irrespirable era aquella espesa esencia que flotaba estancada entre los árboles, mecida por una brisa apenas perceptible, que algunos de mis compañeros sacaron pañuelos para taparse la nariz; incluso me pareció ver como Máxim contenía una arcada a duras penas. No lo entendía, acaso ellos no gozaban de aquella fragancia tan asquerosamente deliciosa. Cerré los ojos y olfateé el aire varias veces dejando que me embriagara. De pronto una curiosidad insana me atenazó por dentro. Qué demonios podía emanar aquella pestilencia, tan nueva y desconocida para mí. Sin perder un segundo eché a correr por entre los árboles, guiado por mi olfato, en busca de la fuente del penetrante efluvio. Enseguida llegué a un claro sumido en la penumbra.

Había un hombre tumbado boca arriba en el suelo. Estaba muerto. Nunca antes había visto un cadáver y un breve hormigueo me recorrió todo el cuerpo. Cuando llegaron mis compañeros, que me habían seguido, yo aún estaba inmóvil, observando el cuerpo. Ellos también se pararon a examinarlo con interés enfermizo. El hombre, de unos 30 años, llevaba chaqueta y pantalones de camuflaje, aunque no parecía un militar, sobre todo por la deslucida melena que le tapaba media cara. Tampoco llevaba ningún distintivo que lo acreditara como tal, así que llegamos a la conclusión de que probablemente se trataba de un intruso en la Zona, seguramente uno de los que viajaban en los coches que habíamos visto antes. Había recibido tres balazos: en el muslo, en el costado y otro en la mitad del pecho, disparados, supusimos, por los militares que vigilaban el perímetro.

El cuerpo, que ya mostraba evidentes signos de descomposición, apestaba. Ya sabía, pues, a qué olía la Zona, cuál sería el hedor que respiraría noche y día durante los próximos once años, el olor de la muerte.

Alexandr registró con frialdad al desgraciado y se guardó algunas de sus pertenencias: munición, provisiones de comida enlatada y algunas vendas que encontró en su mochila, y una Glock 17 austriaca de 9 milímetros que llevaba en el cinturón.

-Quizá la necesitemos más adelante- dijo, y nos miró desafiante, quizá esperando que alguno de nosotros pusiera en duda si debía ser él quien portara el único arma del grupo. Si alguien lo hizo, no se atrevió a expresarlo en voz alta, así que Alexandr se puso en pie y continuamos caminando, ahora con más precaución.

A cada paso, los indicios eran más evidentes: no hacía mucho que allí se había producido un tiroteo. Había casquillos en el suelo, por todas partes, agujeros de bala en los árboles, y no tardamos en encontrar otros dos cadáveres. Al parecer, los militares de la Zona no se andaban con tonterías a la hora de tratar con los intrusos.

Decidimos dispersarnos para cubrir el área de la reyerta e inspeccionar todos los cuerpos en busca de armas y otras posibles pertenencias de valor. Yo caminé hacia el Este y no tardé en toparme con el cuerpo sin vida de otro tipo que había caído junto a un gran sauce. Este tampoco era miliar, había recibido cuatro tiros en la espalda y yacía boca abajo, así que le di la vuelta para verle la cara. Su rostro, contraído para siempre en una horrible mueca y manchado de barro es otra de las cosas que vi ese día que tardaría en olvidar; debía de haber tardado bastante en morir. Cuando el desasosiego que me produjo mirarle se me hubo pasado, hurgué en los bolsillos de la cazadora vaquera que llevaba el desconocido, haciéndome con una cajetilla de Marlboros, un mechero, una petaca de vodka y una navaja suiza. En su mochila hallé munición del 45 ACP, comida y la cartera del individuo, que examiné detenidamente. De origen ruso, tenía 34 años y se llamaba Andrey Kozlov, según su pasaporte, también encontré una foto de su novia o esposa y unas 10.000 grivnias. Andrey llevaba además una pistola en la mano, me costó bastante arrancarla de entre sus dedos fríos, cerrados sobre ella como tenazas, pero mereció la pena: era una semiautomática HK USP compacta con un cargador adaptado para albergar 15 proyectiles del calibre 45, una maravilla alemana reforzada con sprays anticorrosivos, ligera como si estuviera hecha de madera. Aquel modelo siempre había estado entre mis favoritos en lo que a pistolas se refería y fue una gran satisfacción encontrarme con ella. Enseguida la cogí un cariño especial y aún la llevo siempre conmigo, aunque ahora ya no la use demasiado pues se encasquilla con demasiada frecuencia. – Gracias Andrey - susurré y seguí caminando.

No encontré nada más en aquella dirección, así que volví sobre mis pasos hasta la gran roca donde habíamos acordado reunirnos tras la inspección de los alrededores. Solo Seriy había regresado. El único de mis compañeros de viaje del que aún no he hablado era un tipo de aspecto ausente y mirada fría e inexpresiva; apenas había abierto la boca desde que se presentó tras nuestro encuentro en Kiev. Me observó con indiferencia desde lo alto de la roca, a la que se había encaramado. El muy cerdo había encontrado un subfusil, un MP5 con culata fija, implementada para mejorar su precisión. – Joder qué suerte, ¿dónde lo encontraste? – le pregunté mientras ascendía por la superficie de granito hasta donde él estaba. Seriy permaneció callado, sus ojos vacíos se clavaron en mí durante unos segundos y entonces se dio la vuelta y oteó entre los árboles lejanos, como si no me hubiera oído. No albergaba grandes esperanzas de obtener respuesta alguna cuando formulé la pregunta, si bien el silencio que se estableció tras ellas se me antojó incómodo. Aquel hombre no me inspiraba confianza alguna, así que aproveché que no miraba para situarme tras él y mantuve disimuladamente mi mano derecha cerca de la empuñadura de mi pipa hasta que fueron apareciendo los demás. Ninguno de ellos había conseguido gran cosa, y todos envidiamos el flamante hallazgo de Seriy. Tras una vacua conversación en la que éste volvió a generar embarazosas situaciones, decidimos buscar un buen sitio para acampar, pues las alargadas sombras nocturnas caían ya sobre el bosque, y no nos pareció prudente continuar con nuestra incursión en la Zona bajo la oscura noche sin luna que se anunciaba ya, con la tarde aún agonizando.

Buscamos pues, y no tardamos en encontrar un amplio claro que parecía perfecto para nuestros propósitos. Mientras Vasyl y Máxim montaban un par de tiendas de campaña, no muy grandes, que habían acertado en llevar con ellos a la expedición, los demás nos dedicamos a encender un fuego con periódicos y trozos de madera seca que encontramos en los alrededores.

Una hora después, cuando nos sentamos en torno al crepitante fuego a comer los bocadillos o las latas de sardinas y arenques que habíamos traído desde Kiev, apenas podíamos distinguir los árboles que nos rodeaban, palpitando de forma siniestra a la tenue luz de la hoguera. Mi primera noche en la Zona es otra de las cosas que jamás olvidaré.

El breve coloquio sobre fútbol ucraniano que se había dado entre bostezos tras la exigua cena no cuajó, y mis camaradas se fueron retirando uno a uno a las tiendas. Pese a la insistencia de Alexandr, decidimos que ninguno de nosotros se quedaría fuera de las tiendas haciendo guardia, ya que teníamos la intención de apagar el fuego y todas las linternas con el fin de no delatar nuestra posición a ninguna posible patrulla de vigilancia, y a ninguno le atraía demasiado la idea de quedarse solo en medio del bosque y completamente a oscuras, rodeado de mil sonidos amenazadores.

Esperé a que todos mis compañeros se hubieran ido para encender un cigarrillo y lo fumé todo lo despacio que pude, disfrutando del silencio nocturno y de la tranquila compañía de las brasas mortecinas, que aún arrojaban algo de luz sobre el claro. Pensé en la Zona, en todo lo que me aguardaba allí, y sonreí mientras arrojaba la colilla al fuego, ya muerto. Era la primera vez que lo hacía en mucho tiempo.
Tras comprobar que la hoguera ya no se reavivaría, me metí en la tienda haciendo el menor ruido posible, me tocaba dormir con Máxim y éste ya estaba roncando. No me importaba lo más mínimo su descanso, pero me aterraba la idea de despertarlo y verme obligado a mantener una charla nocturna con él. Me acosté boca arriba sobre la incómoda esterilla y cerré los ojos.
Tenía sueño, pero era incapaz de dormirme, y una hora después aún me revolvía dentro de mi saco. Entonces escuché un aullido en la lejanía, un agudo alarido que me heló la sangre. Reverberó entre los árboles durante unos segundos y varios pájaros huyeron aterrorizados. La soñolencia que ya empezaba a aletargarme desapareció en el acto y mi mente se disparó entonces con elucubraciones. Desde el primer momento tuve clara una cosa: aquel grito no había podido salir de ninguna garganta humana, y estaba seguro de que entre la fauna que habitaba el norte de Ucrania no podía encontrarse bestia alguna capaz de emitir semejante bramido. Mientras a mi cabeza acudían las historias sobre la existencia de mutantes que había oído en Kiev tras el Incidente, historias que yo siempre había considerado patrañas, nuevos sonidos anómalos me hicieron contener la respiración una vez más. Esta vez, siguiendo a un nuevo alarido de la inconcebible bestia, se oyeron varias ráfagas de ametralladoras y fusiles de asalto; otro grito, ahora indudablemente humano, se ahogó entre los disparos, que se frenaron bruscamente justo antes de que se produjera una estruendosa explosión. Las ráfagas se reanudaron después con menor intensidad y se fueron apagando poco a poco hasta que todo volvió a quedar en silencio unos minutos después.

El corazón me latía muy deprisa, me giré para observar a Máxim, él no me miró. En la casi total oscuridad pude notar cómo temblaba de miedo. Clavé de nuevo mis ojos en el invisible techo de la tienda, tras unos segundos, mi corazón volvía poco a poco a recuperar su ritmo normal. – ¿Qué... qué demonios era eso? – preguntó Máxim en un susurro entrecortado. No le contesté. Aunque en aquel momento no la busqué, de haberlo hecho no habría hallado una respuesta tranquilizadora que darle; ya no estaba tan seguro de que las múltiples habladurías sobre la existencia de criaturas monstruosas en la Zona que se habían propagado fueran tan solo producto de la imaginación popular.

Durante las dos horas siguientes no pude pegar ojo, aquel terrible aullido resonaba de nuevo en mi cabeza cada vez que el cansancio me vencía y el agradable sopor se empezaba a apoderar de mi cuerpo. Durante este período de insomnio escuché nuevas ráfagas aisladas que cruzaban como estrellas fugaces en la negrura del silencio que me oprimía el resto del tiempo.

Elucubré sin descanso acerca de lo que podría estar pasando a decenas de kilómetros de allí, en el lugar donde se originaban los disparos, pero entonces escuché algo que prácticamente hizo que se me saliera el corazón por la boca: un gruñido antinatural y grotesco, aunque mucho más suave que los anteriores, quebró la quietud reinante, si bien esta vez no fue desde la tranquilizadora lejanía, desde donde lo habían hecho los anteriores ruidos, esta vez sonó cerca, a unos pocos metros de las tiendas. Ambos, Máxim y yo, dimos un brusco respingo al incorporarnos, y yo busqué rápidamente mi pistola, a tientas en la oscuridad. La criatura se acercaba, oímos cómo avanzaba torpemente entre los quebradizos arbustos, emitiendo nuevos gruñidos. Durante los segundos en los que apunté tembloroso mi pistola hacia la dirección de donde provenían los chasquidos, experimenté por primera vez en mi vida el terror en estado puro; el bloqueo impuesto a mi mente por el simple hecho de no saber a ciencia cierta si iba a estar vivo o muerto al segundo siguiente me impedía pensar en otra cosa que no fuera la inminente posibilidad de perecer. Mis músculos en tensión absoluta, mi pulso tembloroso, mi dedo sobre el gatillo, la desbordante sensación de total inseguridad recorriendo mi cuerpo. No hubo un solo día en todos mis años de estancia en la Zona en el que no experimentara, en mayor o menor medida, lo que viví aquella noche por primera vez, hasta tal punto, que este cúmulo de sensaciones que inundaba mi cuerpo cada vez que el peligro de muerte se cernía sobre mí, se convirtió en una poderosa droga, de la que acabaría dependiendo para no sentirme muerto y vacío por dentro.

Finalmente, cuando consideré que la criatura se hallaba lo bastante cerca de la tienda como para acertarle en la oscuridad, efectué cuatro disparos. Un chillido ensordecedor se alzó hacia el firmamento; al menos una de las balas había hecho blanco. Escuché cómo la bestia se revolvía de dolor entre los matorrales, a unos dos metros de la tienda, y disparé el arma de nuevo hasta vaciar el cargador. La alimaña emitió un débil y prolongado plañido, tras el cual pude oír como se arrastraba, huyendo malherida por donde había venido. Guardé mi arma, que aún humeaba tras recargarla, y miré a Máxim en la penumbra, éste yacía hecho un ovillo en su saco, aún tembloroso. – Bien hecho, camarada – susurró. Me repugnaba aquel tipo, y volví a sentir deseos de golpearle, esta vez como castigo por su insultante cobardía, pero me contuve y me apoyé sobre mis rodillas, incorporado ligeramente y jadeando, con el corazón aún dándome tumbos. Aún no había tomado plena conciencia de lo que acaba de pasar cuando Vasyl nos preguntó si estábamos bien desde la otra tienda. Máxim le explicó brevemente lo que había pasado, pero yo ya no escuchaba, sumergido como estaba en mis pensamientos: aún me negaba a reconocerlo, pero ya entonces me asqueó que hubiera vuelto la calma tan rápidamente, ya entonces eché de menos la adrenalina que había segregado mi cuerpo al sentir tan cercana la muerte.

Como resultará obvio, tampoco fui capaz de conciliar el sueño durante las tres horas que restaban hasta el amanecer; si bien el sueño quedó relegado a un segundo plano y, ansioso como estaba por reanudar la exploración, abandoné la tienda de campaña apresuradamente en cuanto los primeros rayos de sol hubieron traspasado la fina lona. Máxim aún roncaba, “¿cómo era capaz de dormir?” pensé, y tropecé intencionadamente con unas cazuelas que habíamos dejado junto al fuego, con el fin de despertarle a él y a cualquier otro que pudiera retrasar mi partida con su holgazanería. Después me acerqué al lugar hacia el cual había disparado para examinar posibles trazas del paso de la bestia, aún pensando en el suceso nocturno. A primera vista, no parecía que nada fuera de lo común hubiera acaecido allí, salvo por los agujeros de bala en la tienda cercana, si bien, tras un minucioso análisis de los arbustos, hallé algunas de sus ramas quebradas y restos de un líquido oscuro manchando sus hojas marchitas. Supuse que debía de ser sangre de la criatura, aunque su color era casi tan negro como el guante de lana que cubría la mano con la que examiné la sustancia. Apenas sabía nada de cómo seguir un rastro en el bosque, no obstante las manchas de sangre negra y las ramas partidas eran claramente identificables en los matorrales próximos que se adentraban en la espesura. Estuve tentado de dejar atrás a mis compañeros de viaje y seguir el camino de la bestia moribunda para encontrar, quizá, su cadáver, que me hubiera fascinado examinar, mas el recuerdo reciente de los sucesos acaecidos durante la noche y de los cuerpos hallados al atardecer hizo que la prudencia se superpusiera a mi innata curiosidad. En ese momento sentí que mi única responsabilidad, mi único deber como nuevo habitante de aquel lugar, era el de mantenerme con vida, no podía permitirme morir sin conocer los secretos que allí se guardaban, morir como un recién nacido en mi nueva vida. Decidí, pues, no adentrarme solo en el bosque, y regresé al centro del campamento. Encontré allí a los camaradas ya despiertos, recogiendo las tiendas y los enseres junto a los restos de la hoguera. A juzgar por las profundas ojeras que marcaban sus rostros, ellos tampoco habían dormido demasiado.

Emprendimos la marcha aún de madrugada, hacia el este, adentrándonos en la Zona; según nuestro plano, a un par de kilómetros en aquella dirección hallaríamos un diminuto pueblo. Atravesamos una extensa pradera amarillenta tras dejar atrás el bosque en el que habíamos pasado la noche y, en efecto, tras remontar una loma de suave pendiente, divisamos a nuestros pies, en una pequeña ensenada, el primer resto de civilización desde que entráramos a la Zona. Y digo resto porque el ínfimo pueblo, un conjunto de unos quince edificios destartalados situados a ambos lados de una única calle central, parecía un cadáver medio podrido, tirado en mitad de la baldía extensión en que se encontraba, ya de de por sí desprovista de vida alguna. El techo de algunos de los edificios, casi todos de una sola planta, se había venido abajo, dejando al descubierto sus interiores desnudos, exentos de mobiliario. La mayoría de las ventanas estaban rotas, había desconchones en la pintura de las paredes y cualquier elemento metálico visible había sido devorado vorazmente por una gruesa capa de óxido rojizo. Por si fuera poco, las alargadas sombras que proyectaban los edificios, iluminados de soslayo por los rayos aún tempraneros del sol, ayudaban a darle un aspecto aún más pintoresco a la desierta aldea. La visión me pareció extrañamente atractiva.

Varios coches, en lamentable estado, habían sido abandonados al principio de la calle central en el otro extremo del pueblo, uno de ellos estaba aparcado a modo de barricada, bloqueando el paso y cubierto por agujeros de bala, al igual que las paredes de algunos de los edificios. Me pregunté si alguno de los tiroteos que habíamos oído durante la noche se habría producido allí.

Recorrimos el pueblucho con la mirada durante unos minutos, tratando de asegurarnos de que ningún peligro nos aguardaba oculto entre los mugrientos muros. Cuando Alexandr, que iba siempre en cabeza, inició el descenso, le agarré del hombro y le hice una seña para que esperara. Había visto, entre dos edificios, algo que me puso en alerta: unas cuantas sillas de mimbre situadas en torno a los restos de una hoguera, rodeados también por botellas de licor vacías y dos guitarras apoyadas en la pared cercana, junto a las cuales había un par de mochilas y unas cazuelas manchadas con los restos de una cena reciente. Se lo señalé en silencio a mis compañeros y todos adoptamos una actitud aún más precavida ante la evidencia del paso reciente de hombres por la villa; seguimos descendiendo de la forma más sigilosa que pudimos. De improviso, cuando ya casi alcanzábamos la primera casa, en cuyo patio trasero había un pequeño cementerio cuya tierra había sido recientemente removida, mi corazón dio un vuelco al ver cómo un hombre salía despreocupadamente por la puerta principal de una de las viviendas de la mitad de la calle. Llevaba un chaleco antibalas y unos pantalones militares, además un pasamontañas le cubría la cabeza y de su hombro colgaba un fusil Kalashnikov. En un principio, el individuo no se percató de nuestra presencia y avanzó cruzando la calle, no obstante, el revuelo involuntario que se formó en nuestro grupo, fruto de la impresión y el miedo que nos causó el avistamiento de otro ser humano, armado y posiblemente hostil, le hizo girar la cabeza en nuestra dirección, alertado. Al vernos, y tras un fugaz examen de nuestro aspecto, relajó su postura y detuvo el movimiento iniciado para descolgarse el rifle del hombro. En respuesta, Alexandr, que iba en cabeza, se guardó su pistola y levantó las manos en señal de paz; los demás le imitamos, mas yo, receloso, mantuve mi HK en la mano, aunque levantada y apuntando hacia arriba.

- ¡Eh!, relajaos, ¿vale?, aquí nadie va a haceros daño – El tipo habló en ruso, pero todos le entendimos a la perfección; aún recuerdo cada palabra que dijo, y su voz cansada -¡Cómo me revienta esta actitud que tenéis todos los novatos! Aunque, después de todo, es normal... ¡Y tú, niñato, guárdate esa pipa! – Se refería a mí, y me ofendió la evidente falta de respeto en sus palabras, aunque hice lo que me decía – Aquí no la vas a necesitar, en este pueblo se os respetará y se comerciará con vosotros a no ser que seáis bandidos o militares, y no parecéis ninguno de los dos, desde luego que no... ¡Wolf, han llegado más novatos! – Se dirigió ahora hacia la puerta por donde había salido y por donde, tras una breve y tensa espera durante la cual nadie abrió la boca, salieron varios hombres más, entre los cuales destacaba uno, que parecía el líder de aquella gente.

El hombre en cuestión parecía bastante mayor, de unos cuarenta, sus manos nudosas, su fisonomía corpulenta y su cara, de facciones duras, bronceadas y surcadas ya por arrugas, infundían respeto. Respeto, que no temor, ya que su expresión, pese a estar amparada bajo una capucha negra que la bañaba en sombras, tenía un leve aire de rígida amabilidad. Parecía que llevara una eternidad en la Zona, por la seguridad con la que se movía y la forma en la que los que parecían sus subordinados le rodeaban y acataban sus acciones.

Cuando habló, recuerdo que me sentí reconfortado, de algún modo agradecí al destino que hubiera guiado mis primerizos pasos hasta aquel hombre, y no hasta una jauría de hambrientos mutantes, o hasta los militares asesinos. Estar en aquel pueblo, que parecía su hogar, me hizo perder, al menos momentáneamente, el angustioso temor a que la muerte me alcanzara desprevenido en cualquier momento, temor que me perseguía sin descanso desde el día anterior, echándome su frío aliento en la nuca. Seguramente, esto mismo habían pensado al llegar todos los hombres que fueron saliendo de los distintos edificios, unos veinte. Todos armados, no obstante, aunque yo ya no los temía.

- ¿Quiénes sois y de dónde venís? – Preguntó Wolf, también en ruso, con voz cavernosa. Vasyl fue el que respondió, autoproclamado cómo se había, líder de nuestra modesta expedición.

- Venimos desde Kiev, aunque no todos procedemos de allí... somos de distintas regiones de Ucrania – Él concretamente, había nacido en Rivne – No queremos ningún conflicto, solo pasar y explorar la Zona sin hacer daño a nadie – No debía haber mucha gente en Kiev capaz de poner así de nervioso a Vasyl, algunos rieron ante sus palabras, dubitativas.

- Me parto con estos tíos – murmuró el del pasamontañas tras una carcajada.

- ¿Explorar, dices? Bien, os explicaré algunas cosas porque parece que no habéis captado muy bien lo que significa este lugar y los peligros que entraña – Mientras Wolf hablaba, Vasyl se iba poniendo cada vez más rojo de ira, humillado como estaba, y, por un momento, temí que pudiera hacer alguna locura, como liarse a tiros contra una veintena de hombres bien armados – Ahora mismo nos hallamos en territorio neutral, aquí somos todos camaradas. Gracias a las cuotas que pagamos al coronel de este área los militares nos dejan en paz, y los bandidos no están lo suficientemente organizados para asaltar este pueblo. Pero... más allá de aquella colina... – Señaló al otro extremo del pueblo, a la pendiente inclinada atravesada por un camino que se alejaba de la barricada formada por coches – La situación por allí es bien distinta: los militares disparan primero y preguntan después, y los bandidos arrojarán vuestros cuerpos desnudos a una cuneta después de robaros hasta la última migaja que llevéis encima. Por no hablar de los mutantes... aunque los que hay por esta zona no son de los más peligrosos, se comerán vuestras tripas si no estáis preparados – Hizo una pausa para observar nuestras expresiones disgustadas – Si seguís avanzando tal cómo lo habéis hecho hasta ahora no seréis más que carnaza, caeréis ahogados en vuestra propia sangre y moriréis sin saber siquiera lo que os ha alcanzado. Por eso os daré un consejo, novatos, tomadlo o dejadlo, pero escuchadme al menos con atención: volved por dónde habéis venido, vosotros que aún podéis, salid de la Zona antes de que sea demasiado tarde, antes de que estéis muertos o, peor aún, antes de que logréis sobrevivir en este lugar – En aquel momento no entendí muy bien lo que quería decir, parecía que aquel hombre odiaba la Zona.

- ¡Vamos, Wolf! – El del pasamontañas volvió a elevar aquella voz tan característica, tenía un acento extraño que no lograba identificar – Les sueltas la misma mierda a todos los novatos que te cruzas, y aún no has conseguido que uno solo se vuelva a casa -

- ¡Nosotros no volvemos! – Intenté hablar con tono firme. Aunque la perorata de Wolf me había producido no poco desasosiego, no quería que aquel tipo con la cara tapada volviera a faltarme al respeto – No daremos ni un solo paso atrás – Pese a todo, mi determinación era entonces más fuerte que nunca, y quería que aquello les quedara bien claro a Wolf y a sus subordinados.

- Está bien, quedaos pues – Una chispa de abatimiento cruzó su rostro durante un segundo, de repente, parecía profundamente cansado. Tragó saliva y habló como si cada palabra le supusiera un gran esfuerzo, mientras tanto, los demás hombres se fueron dispersando. – Pasaros a ver a Sidorovich, es el comerciante local, el muy cerdo parece que estuviera esperando que esto ocurriera, ya estaba aquí cuando llegamos los primeros y se está forrando a costa de novatos como vosotros. De todas formas es un tipo legal, quiero decir, no os disparará nada más veros y os venderá algo de equipo decente, o al menos más decente que lo que lleváis ahora. -

- ¿Dónde está? – preguntó Vasyl, de manera cortante. Era evidente que no quería que la conversación con Wolf se prolongara. A Vasyl le gustaba controlar la situación, ser él quien diera los consejos y las órdenes y no el que los recibiera. Tenía madera de líder, se notaba con solo mirarle a los ojos, y verse relegado a un segundo plano, oculto bajo la alargada sombra que Wolf proyectaba, le estaba poniendo enfermo.

A Wolf no le gustó el tono de mi camarada y frunció el ceño. No iban a llevarse bien. No obstante respondió de forma educada – Está todo el día metido en una especie de búnker subterráneo que hay tras ese edificio de allí – señaló una de las primeras casas del pueblo, cercana al lugar por donde habíamos bajado – También podéis pedirle que os dé algún consejo u os cuente algunas de las cosas que se cuecen en los alrededores, aunque si queréis aprender a moveros por aquí sin que os vuelen la cabeza, más vale que nos preguntéis a nosotros, a los que nos jugamos el pellejo cada día ahí afuera y no a él. Marchad pues, y ya veremos a cuantos de vosotros puedo dar los buenos días mañana por la mañana – Dio por terminada la conversación y sin demorarse un segundo de más volvió a entrar en el edificio del que había salido a nuestra llegada. Nos dejó allí, algo desorientados, sin saber muy bien qué hacer. A nuestro alrededor, las gentes de aquella pequeña comunidad, integrada, al parecer, tan solo por hombres, se hallaban enfrascados en diversas tareas. Realizaban aquéllas con rutinaria naturalidad, de manera que daba la sensación de que llevaran allí una gran cantidad de tiempo, acostumbrados por completo, como parecían, a aquel entorno desangelado, tan idílico para mí.

Unos pocos habían extendido una especie de plano sobre una mesa carcomida y lo estudiaban, seguramente planeando su próxima incursión en las profundidades de la Zona. Otros fregaban multitud de platos en una enorme fuente mientras charlaban, a la vez que, algo más allá, apoyado contra una pared, un individuo de aspecto apesadumbrado rasgueaba en su guitarra ajada los acordes de una melancólica canción. Junto a él, otros dos hombres trataban de encender una hoguera con periódicos viejos. La mañana era muy fría y el viento, ocasional, parecía cortar en las mejillas. Miré a mis cuatro compañeros de reojo. Nuestro viaje, o al menos la primera parte de él, había llegado a su fin, y la compañía que habíamos formado durante las últimas 36 horas debía romperse inevitablemente en aquel punto. Nada nos unía ya los unos a los otros, pues nada sino el interés común por llegar hasta donde nos encontrábamos en ese momento nos habría empujado jamás a establecer vínculo alguno entre nosotros; personas radicalmente distintas en la superficie, aparentemente incompatibles, aunque quizá no tan diferentes en el fondo como pensamos en aquel momento.

Tras una fría despedida, cada uno hubo de tomar su propio camino pues. Alexandr y Vasyl, cuidándose de avanzar por separado, se encaminaron hacia el búnker subterráneo que había señalado Wolf para ver al comerciante. Pensé en ir también en esa dirección, pero no quería que pensaran que les seguía, así que me quedé parado esperando a ver qué hacían los demás. Máxim dudó unos segundos, y después anduvo decidido hacia el grupo de hombres más cercano a nosotros y empezó a hacerles preguntas insistentemente. Con cara de fastidio, los desafortunados, dos tipos robustos que vestían cazadoras de cuero, lo condujeron al interior de un edificio donde los tres se sentaron en torno a una hoguera. No me apetecía hablar con nadie, así que decidí no incordiar a los que me rodeaban con preguntas que no habrían sabido responderme y comencé a pasear entre las ruinas, disfrutando del paisaje. Al cabo de un rato me di la vuelta para ver que había hecho Seriy y me sorprendió observar que se había sentado en el suelo junto a un muro, lejos de todo el mundo, y reposaba con los ojos cerrados, sin moverse. Sin darle mayor importancia seguí caminando hacia ninguna parte en concreto, mirando todo, observando cada detalle del entorno que me rodeaba con una curiosidad casi obsesiva. De repente, mis ajetreados ojos se posaron en uno de los edificios de la aldea que llamó poderosamente mi atención: una vieja estructura rectangular de hormigón armado, vieja y ruinosa. Se hallaba algo alejada de las otras edificaciones, fuera de la única calle identificable de la aldea, solitaria, como marginada en una esquina, no había nadie en sus alrededores. En sus pareces desconchadas, antaño pintadas de rojo, aún se podían ver algunos restos de propaganda comunista y antinorteamericana adheridos a la maltrecha superficie, resistiendo a duras penas el paso del tiempo. Una estrella de cinco puntas coronaba, además, el edificio: Su majestuosidad perdida, como su brillo, yacía bajo el óxido, representando los valores ya decadentes de la vieja Unión. A mí, personalmente, todo aquel ajuar de connotaciones ideológicas que envolvía al edificio muerto no me decía absolutamente nada, no fue aquello lo que me atrajo tanto de él, fue más bien otro aura, más misteriosa e intrigante, que lo rodeaba, lo que me impulsó a acercarme. Agarré mi linterna a pilas y penetré por la única puerta abierta en el interior del edificio, sumido en tinieblas. Las ventanas habían sido cegadas con tablones de madera. Saqué mi pistola. Avancé despacio, muy precavido: no me acababa de convencer aquello del “territorio neutral” que había dicho Wolf. Por mucho que sus palabras fueran totalmente sinceras, cosa que no dudaba, el hecho de que él confiara en sus hombres y de verdad se creyera aquel cuento, no iba a hacer que me sintiera más seguro quedándome a solas en la oscuridad con uno de ellos. En un lugar sin leyes el hombre se convierte en un animal salvaje y temible, nadie puede cambiar eso, y por entonces aún no había descubierto hasta qué punto la oscuridad de la naturaleza humana llegaría a sorprenderme.

No tardé demasiado en registrar la planta baja, el edificio no era muy grande. Se habían llevado todos los muebles. Las habitaciones desnudas desfilaron ante mis ojos una tras otra, despertando en mí cierto desasosiego; esta sensación se vio incrementada cuando, al final del último pasillo, me encontré con una amplia trampilla de madera a mis pies.
Lentamente me fui agachando y agarré la oxidada argolla. La trampilla me llamaba, me estaba reclamando, tenía que abrirla – “Ahí abajo tiene que haber algo, seguro que encuentro algo ahí” – Pensé mientras levantaba muy despacio la pesada plancha de roble.

No sé muy bien qué buscaba entonces, y aún hoy, cada vez que me encuentro a punto de traspasar un nuevo umbral, mientras mi sentido común, el poco que me queda, intenta disuadirme con todas sus fuerzas de que no lo haga, tan solo para que yo pueda ignorarlo, me pregunto: ¿Qué demonios estoy buscando?

Tras levantar la trampilla, descendí por una escalera de mano que parecía a punto de venirse abajo. Muerto de miedo, pero totalmente dispuesto a seguir adelante, me hallé, con la pistola en una mano y la linterna en la otra, ambas temblorosas, frente a un pasillo estrecho en el cual flotaba ese característico olor a cerrado, como de aire estancado, podrido, que se respira en las bodegas que llevan mucho tiempo sin ventilarse. Avancé muy lentamente hasta que ante mí se abrió una estancia amplia, con estanterías transversales que llegaban hasta el techo. Viejos toneles y barricas, la mayoría de ellos partidos o vacíos, se hallaban esparcidos por el suelo polvoriento. Caminé sobre la alfombra de suciedad hasta el centro de la sala y fue entonces cuando me di cuenta: Había alguien más allí abajo. No sé si fueron sus pasos lo que oí o su respiración agitada elevándose sobre la mía propia, pero le sentí muy cerca, acechándome en la oscuridad. Sin previo aviso, una voz, su voz, rompió el silencio, y casi lo agradecí, pues éste me oprimía como una prensa hidráulica – Te estoy apuntando y voy a matarte, si no te mueves todo acabará enseguida... – Su pronunciación pésima del ucraniano era temblorosa, probablemente tenía tanto miedo como yo, pero eso no mejoraba mi situación: Estaba armado, apuntándome, y justo detrás de mi. Mi cerebro se bloqueó durante una centésima de segundo y me dio una arcada. Fin del juego: iba a caer en el segundo obstáculo serio que la Zona ponía en mi camino; aquello era inadmisible.

En mi interior se produjo entonces una reacción sorprendente, pero muy lógica al mismo tiempo, fue como si mi cerebro se hubiera reiniciado tras el breve colapso inicial, pero había algo diferente: Toda turbación obstructiva de los sentidos y las percepciones, miedo, duda, toda distorsión humana de mi ser, había desaparecido. Fue el instinto de supervivencia lo único que prevaleció entonces, un impulso primario, incontrolable, que guió mi cuerpo y lo condujo a matar en un acto mecánico, apático, lleno de frialdad, vacío de emociones. Fue un sentido que yacía latente en mi interior, aletargado por años de desuso, lo que ahora, en una situación en la que razón se hallaba atada de pies y manos, despertaba, evidenciando lo erróneo de intentar negar la naturaleza bestial y salvaje del ser humano. Una naturaleza que, inherente como es a nuestra condición animal, no se podrá jamás enmascarar del todo, por muy asentados en nuestra racionalidad que creamos hallarnos tras siglos de civilización y progreso.

Todo ocurrió muy rápido, apagué la linterna y me agaché en una fracción de segundo. La habitación quedó a oscuras y él disparó. Disparó su pistola varias veces y noté como las balas silbaban sobre mi cabeza, creí que me había quedado sordo. La adrenalina potenciaba mis músculos, era más rápido, más fuerte por unos segundos; con un movimiento digno de un felino, me lancé hacia la izquierda, saliendo instintivamente de su ángulo de tiro y atravesando una estantería de madera podrida que se vino abajo a mi paso. De nuevo con una inusitada agilidad me di la vuelta y disparé mi pistola a tientas en la oscuridad por segunda vez en menos de doce horas. Vacié el cargador apuntando en varias direcciones, barriendo el área en la que creía que se hallaría mi enemigo, que ya no disparaba. Los fogonazos iluminaron toda la sala hasta en quince ocasiones antes de que la corredera de mi pistola saltara indicando la ausencia de proyectiles, no obstante, ni siquiera durante estos lapsos infinitesimales de intensa luminosidad pude distinguir al bastardo entre las informes sombras que se dibujaban. Sí oí claramente, en cambio, un golpe sordo, no muy lejos de mí, al finalizar la ensordecedora traca, cuya reverberación dejó un molesto pitido en mis oídos que tardaría horas en desaparecer.

Tras la atronadora tormenta de ruido y explosiones, que había durado poco más de quince segundos, todo volvió a quedar en calma, el polvo levantado volvió a buscar su sitio en los estantes, ahora destrozados, y el más sepulcral de los silencios volvió a caer lentamente sobre la estancia. Quería estar seguro, así que contuve la respiración hasta casi ahogarme para oír mejor, con todo, no puede captar ni un leve resquicio de aquel hombre que había hallado allí abajo, ni su respiración desacompasada, ni sus pasos sobre el polvo, nada... Mi cerebro volvió poco a poco a regir con normalidad, los impulsos cesaron y de repente fui plenamente consciente de lo que había pasado. Tanteé entonces el botón de la linterna, que aún sostenía en mi mano sudorosa. Esta, como temerosa de iluminar lo que yo ansiaba ver, no respondió de inmediato y tuve que agitarla, obligándola a verter su chorro de luz sobre las tinieblas, cosa que hizo tras unos segundos. Necesitaba ver lo que esperaba ver, obtener una confirmación visual, así que, ansioso, dirigí el haz luminoso de un lado a otro, buscando. Lo primero que vi fueron sus pies inmóviles, cubiertos a duras penas por unas botas sucísimas. Ascendí muy lentamente por unos pantalones militares raídos, después una chaqueta de pana marrón y, al fin, su cara quedó perfectamente enmarcada dentro del círculo de luz que proyectaba la linterna. Estaba muerto. Me pareció apreciar cómo su tez cetrina perdía color por momentos, sus ojos, hinchados y enrojecidos, parecían a punto de salirse de sus órbitas, una nariz desproporcionada y picuda y una barba espesa manchada con salpicaduras de sangre completaban un cuadro realmente horrendo. Acababa de matar a un hombre por primera vez.

Curiosamente, la primera sensación angustiosa que me invadió tras contemplar boquiabierto el semblante sin vida de mi primera víctima mortal, no tuvo nada que ver con la misericordia, la pesadumbre o el remordimiento. Fue una sensación de profundo temor ante las consecuencias de haber dado muerte a aquel desgraciado, de pánico al castigo que quizás me esperaba; no fue ningún reproche moral lo que me hizo temblar incontroladamente durante los primeros segundos. Y esta inmediata reacción, totalmente involuntaria, esos minutos en los que incluso llegué a pensar fríamente en cómo trazaría una coartada creíble, en cómo me desharía del cadáver, aunque muy breves, me traerían grandes quebraderos de cabeza más adelante.

No menos desconcertante fue la singular reacción que experimentó mi conciencia cuando, tras unos minutos más, conseguí templar en parte la histeria inicial mientras caminaba por la sala, dando vueltas, desquiciado. De algún modo, al volver a mirar el cadáver, centrándome ahora en el agujero de bala que perforaba su cuello y que antes había pasado por alto, me sentí extrañamente orgulloso de mí mismo. Una inusitada altivez me subió por el pecho involuntariamente y me henchí sonriente. “Hacía un momento un hombre me apuntaba con su pistola por la espalda en la oscuridad, y ahora él yacía muerto a mis pies con el gaznate limpiamente atravesado por una bala certera que había disparado sin ni siquiera apuntar” – Pensé. Y aquello hizo que me sintiera poderoso, letal. Más tarde me daría cuenta de que llevaba gran parte de mi vida anterior buscando aquella sensación, y, por desgracia para muchos, tan solo llegaría a encontrarla matando.

Permanecí casi dos horas junto al cadáver, devanándome los sesos, intentando averiguar por qué cualquier sentimiento mínimamente humano o empático que asomaba en mi interior con respecto a lo que acababa de ocurrir parecía falso o forzado. ¿Acaso no era capaz de sentir como una persona normal? Estaba confuso. Tras este rato de incongruente charla conmigo mismo, decidí que lo mejor que podía hacer era largarme de allí cuánto antes; la infranqueable oscuridad y la presencia del fiambre, interlocutor poco comunicativo, empezaban a agobiarme. Me demoré unos instantes más para hurgar en los bolsillos del sosegado oyente, hallando tan solo una tarjeta identificatoria doblada y un herrumbroso abrelatas y marché hacia la escalera que conducía fuera de aquella bodega que yo había convertido en sepulcro. Mientras ascendía pude notar cómo aquel olor acre se extendía ya por la estancia, me detuve unos segundos a olfatear, y después abandoné el lugar para siempre. Pável Kuchma. No olvidaré fácilmente el nombre de la primera persona a la que quité la vida, y aún conservo entre mis objetos más personales, la tarjeta que encontré en su chaqueta de pana marrón.


15 Jun 2009 10:11
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Se que es la ostia de larga, disculpad, pero era ponerla entera o no ponerla, no tiene sentido quitarle partes. En breves colgare el capitulo 2
Gracias de veras al que la lea, aunque sea un trozo
chao


15 Jun 2009 10:12
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Lectura: Bufffff... me gusta leer... ¿El foro? XDDDDD
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es muuuuuuuy larga, pero he comenzado a leerla y me esta gustando

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Soy la victima perfecta para las trolleadas de los admin ¬¬


15 Jun 2009 10:21
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Muchas gracias!, no me esperaba una respuesta tan rapida, aqui va el capitulo 2, es mas largo si cabe...espero que os guste


CAPITULO SEGUNDO: PRIMEROS PASOS



Desde entonces, todo avanza mucho más rápido en mis recuerdos, como si aquel hecho activara una especie de resorte acelerador. Los días siguientes los pasé deambulando confuso por el campamento de Wolf y sus hombres. Como un alma en pena, vagaba entre las ruinas del poblado, sin hablar con nadie, atormentado y desconcertado tras haber empezado a conocerme mejor a mi mismo. Fui prudente, no me aleje demasiado de los edificios ocupados, aunque, vencido por la curiosidad, en más de una ocasión trepé al tejado de una de las casas para observar las lomas cercanas con mis bien avenidos prismáticos. No alcancé a ver demasiado, pues, como ya dije, el pueblo se hallaba encajonado en una leve ensenada, un área algo hundida con respecto a sus alrededores, y las vistas no eran excepcionales. Avisté a los militares por primera vez durante una mañana despejada, aterido de frío en la alcoba hasta la que solía encaramarme. Tres de ellos, ataviados de camuflaje, fumaban cigarrillos bajo un árbol muerto, no muy lejos del poblado. Observaban atentamente los movimientos de los hombres de Wolf. Encargados seguramente de su vigilancia, no hacían demasiado esfuerzo por ocultarse.
Comía siempre solo en un rincón de las provisiones que ya se iban agotando en mi mochila, y dormía en el sótano de una de las casas junto con otros dos hombres. Nadie se dirigió a mí durante estos primeros días, ni siquiera aquellos con los que pernoctaba, no obstante, escuchando en silencio, haciéndome el dormido, las conversaciones que mantenían entre ellos mientras mascaban hojas de tabaco antes de acostarse, pude enterarme de algunas de las cosas que pasaban en el campamento. Los hombres de Wolf podían ser llamados de este modo porque aquel los había recogido a su llegada allí y los había juntado bajo una serie de normas para formar aquella extraña comunidad aislada y desarraigada dentro de la Zona. Sin embargo muy pocos pertenecían a su círculo de confianza, los que él mismo llamaba “Merodeadores” y que trabajaban bajo su mando a cambio de ciertos honorarios y privilegios. Tampoco eran muchos los que conocían con exactitud las verdaderas intenciones de Wolf, ni por que permanecía allí, en las afueras de la Zona, rigiendo aquella especie de antesala para novatos. Los merodeadores iban y venían, realizando incursiones más allá de la seguridad del campamento, en áreas más profundas de la Zona, no siempre volvían todos, algunos fenecían devorados por mutantes o alcanzados por balas en emboscadas de salteadores. Pero, en mi opinión, peor destino incluso que la muerte sufrían los heridos, que volvían en brazos de sus compañeros, mutilados, abrasados por sustancias corrosivas, desangrándose. Eran hacinados en un cobertizo algo alejado de los demás edificios que algunos llamaban el Purgatorio, y allí se debatían entre lechos teñidos de carmesí, contorsionados por el dolor. No había médicos, ni abundantes medicinas así que agonizaban durante horas, días, o incluso semanas, sobreviviendo como podían, sin esperanza alguna en un terrible preludio de la muerte. El nombre de Purgatorio, en mi opinión, era equivocado, pues ningún hombre que hubiera visto los horrores que la Zona dejaba tras de si tenía posibilidad alguna de redención ni cabida lógica en el Paraíso. Muchos querían acabar con su sufrimiento de un balazo, ya fuera por liberar aquellos pobres diablos o porque en ocasiones, sus gritos perturbaban el descanso nocturno, y lo hubieran hecho gustosos, pero las normas de Wolf al respecto eran claras: No se dispararía a nadie a no ser que el moribundo lo pidiera, anhelando la muerte. Esto no era algo extraño y los días en los que se producía alguna “liberación” solían ser aún más grises. En ocasiones me acercaba a la caseta de los moribundos, y los miraba revolverse en sus lechos desde la ventana, ellos ya no podían verme.

Por supuesto, no todos los hombres que deambulaban por la Zona habían llegado hasta allí empujados por motivos tan personales e intrínsecos como lo había hecho yo. Muchos de ellos, me hubieran mirado, de hecho, como a un loco si les hubiera hablado de mis emociones, renacidas tras cruzar la alambrada, pues seguramente sus motivaciones eran mucho más intranscendentes y comprensibles, propias de seres más simples, y con toda seguridad, incapaces de entenderme. Había muchos criminales, prófugos de la justicia, asesinos, violadores, fugitivos. Buscaban evadir la ley de una vez por todas, y habían dado con el lugar perfecto. Un lugar donde las normas no las imponían las autoridades ni los cuerpos policiales, sino las balas y los tajantes filos de los cuchillos. Otros huían de la mafia, cosa que era relativamente frecuente entre los desafortunados que habían nacido dentro de las clases menos favorecidas de los suburbios ucranianos. Otros, en cambio, buscaban unirse a las nuevas ramas del hampa que florecían en la Zona: desde bandidos y salteadores desorganizados, hasta compañías enteras de mercenarios llegados de medio mundo que ofrecían sus servicios al mejor postor, generalmente comerciantes en busca de nuevos horizontes para ejercer el contrabando. Toda esta fauna, cada cual con sus motivaciones particulares, se daba cita aquí, ante la insultante indulgencia de los militares ucranianos, corrompidos hasta la médula. Pero, sin duda alguna, había algo que, en mayor o menor medida, había cegado con su brillo hipnótico y atrayente a casi todas las personas que se habían arriesgado a atravesar la alambrada del perímetro restringido. La mayoría de la gente los llamaba “artefactos”. Objetos inconcebibles, como venidos de otro mundo, que aparecían esparcidos por la Zona.
En su mayoría simple materia natural, piedra, agua, madera, sometida a niveles radiactivos nunca antes vistos en la Tierra, la estructura molecular desdibujada y rehecha una y otra vez al antojo de fuerzas impredecibles, las propiedades alteradas, inauditas. Era curioso observar como la energía radiactiva, en su faceta menos asesina, más humana, nos descubría un alma de artista incomprendida, creando auténticas maravillas: Trozos de madera redondeados, transformados en esferas perfectas, compactas, que brillaban como diminutos soles, trozos de hielo de formas impensables que jamás se derretían, hojas de árbol rojas como la sangre o piedras que se tornaban invisibles y parecían desaparecer sobre las manos al aplicárseles calor. Estos eran algunos de los singulares objetos que podían encontrarse en la Zona durante los primeros años, y su valor fuera de ella era, como resulta obvio, incalculable. Cuando se extendieron los primeros rumores que hablaban acerca de estas joyas ignotas halladas en el Norte de Ucrania, cientos de personas vieron en aquella naturaleza deforme, única, fascinante, una oportunidad única, no solo de lucrarse, sino de poseer aquellos materiales para si. Se trataba en su mayoría de gente bien relacionada, pertenecientes a las altas esferas, pues los pormenores de la catástrofe no habían llegado aún, por suerte, al gran público. Coleccionistas avariciosos y adinerados, apasionados científicos, traficantes, comerciantes de rarezas, magos, maravillados por las propiedades sobrenaturales que se les atribuían a estos artefactos, en muchos casos exageradas, decidieron viajar ellos mismos o enviar a gente de confianza hasta el lugar. No siempre con malas intenciones, pero, en la mayoría de los casos, con nefastos resultados.
La demanda subía, y con ella los precios y la desesperación por hacerse con el mayor número posible de artefactos. Pero muchos de ellos, los mejores y más inverosímiles, no se hallaban en las afueras de la Zona, sino en los lugares más cercanos al centro del colosal perímetro, donde la radiación había hecho más estragos si cabe. Lugares peligrosos, devastados y extraños.
Expediciones enteras caían en un abrir y cerrar de ojos, y pronto murieron más hombres por culpa de la avaricia de unos pocos de los que lo habían hecho cuando se produjo el Incidente.
Pero eso es otra historia, yo no había llegado a la Zona persiguiendo nada material, y nada que pudiera cogerse entre las manos me haría perder la cabeza y caer cegado por la infinita avaricia que corrompe a la mayoría de los hombres. No obstante, he de reconocer que la primera vez que tuve uno de estos artefactos frente a mí, quedé tan deslumbrado por su enigmática belleza, que casi llegué a comprender a los descerebrados que se arrojaban al interior de túneles vibrantes de radiactividad en su busca.
Era prácticamente de noche y yo me hallaba caminando relajado por una pequeña arboleda que había muy cerca del pueblo, fumaba uno de mis últimos cigarrillos, el humo atravesado por la luz crepuscular que se filtraba entre los árboles muertos proyectando sombras alargadas. De repente, un ruido me alertó, alguien se acercaba, corría y jadeaba como un animal asustado. Pronto lo tuve tan cerca que casi tuve que saltar para ocultarme tras unas rocas antes de que su figura apareciera recortada fantasmagóricamente contra la luz vespertina en lo alto de una de las lomas que rodeaban al pueblo. Era un hombre, y estaba herido, se apretaba una mano con fuerza contra el costado. Bajó dando tumbos por la pendiente arbolada, pasando muy cerca mío. Decidí permanecer escondido, a la espera. Algo o alguien lo perseguía o, al menos, lo había perseguido, pues nada apareció tras el, y cuando el hombre paró, doblado, manos sobre las rodillas, y miró hacía atrás, una expresión de alivio se dibujó rápidamente en su cara. Le observé, mientras estuvo quieto pude verle la cara, un mentón prominente y el profundo arañazo que surcaba su frente llamaron mi atención, sangraba además por más sitios y se frotaba constantemente el costado izquierdo, gemía de dolor y su respiración era aún muy acelerada. Unos segundos para recuperar el aliento y reanudó su frenética actividad, al principio no entendí muy bien que hacía, dando vueltas en la apremiante oscuridad, buscando algo al parecer. Se agacho y extrajo una navaja de su cinturón, excavó la tierra gris con ella, junto a un árbol, y en seguida comprendí que pretendía esconder un objeto en aquel lugar, un emplazamiento fácilmente identificable, junto al gran roble, para volver después seguramente a buscarlo en un estado más sereno. Justo cuando se llevaba la mano al bolsillo, en busca de lo que iba a ser sepultado, algo, quizá un instinto, la precaución mecánica del que vive siempre alerta, le hizo girar la cabeza en derredor, en busca de algún posible intruso en el área colindante. Un movimiento veloz, mi cabeza desapareció tras las rocas; la oscuridad, que ya casi me envolvía, fue sin duda determinante. No me vio. Ahora era yo el que jadeaba, acurrucado contra la fría piedra, esperando a que el individuo del mentón y el arañazo se marchara sin atreverme siquiera cambiar de postura. Cuando volví a asomarme, minutos después, el tipo había desaparecido, y allí quedaba, junto al árbol, un montoncito de arena removida mal disimulado entre la hojarasca. Demasiado tentador.
Me acerqué cauteloso, desplazándome despacio entre los matorrales, aún sin la destreza suficiente para evitar que se me oyera a varios metros de distancia. Alcancé el escondite sin dejar de mirar en todas direcciones y ahondé con premura en la arena con una cucharilla que llevaba en el bolsillo. Una fuente palpitante de luz se fue adivinando en lo profundo del agujero según retiraba una tras otra las capas de tierra gris, al final atrapé el objeto entre mis dedos: Del tamaño de una gran nuez, era redondo y liso, perfecto como una pelota de ping pong, emitía semejante luz que casi me dolieron los ojos al mirarlo fijamente, no podía apreciar su tacto con mi mano enfundad en el guante negro de lana, así que me lo quité y sostuve la esfera, sopesándola y balanceándola entre mis dedos desnudos. Estaba caliente, y su fosforescencia cambiaba de forma constante, emitiendo cegadores destellos multicolores, era alucinante.
Temiendo que alguien tratara de arrebatarme el hallazgo al volver al pueblo, me escondí entre miradas furtivas en los escombros de una las casas más ruinosas y allí pasé la noche. Estuve mucho rato mirando el cuerpo luminiscente, maravillándome ante sus formas cambiantes, ficticias, ilusorias, no me cansaba de sostenerlo en mi palma, haciéndolo girar, mil ángulos posibles y jamás se veía una imagen ni por asomo repetida, aparecían de la nada y se difuminaban expandiéndose y muriendo, dando paso a nuevos colores. Al final, con la luna ya bien avanzada, caí rendido ante el efecto hipnótico de la maravilla hallada, y soñé con ella y con otras similares que sin duda me aguardaban ocultas en rincones inhóspitos hasta que el frío me despertó a la mañana siguiente.

Pronto decidí que era hora de ponerme en movimiento, estaba harto del ambiente sobrecargado del campamento, no obstante, aún permanecía prisionero de aquella desorientación inicial, propia de un cambio tan brusco en mis hábitos vitales. Tras una noche en vela, determiné que lo mejor que podía hacer era visitar al comerciante, Sidorovich, en su búnker subterráneo, quizá el pudiera orientarme en mis primeros pasos, marcarme el camino que debía seguir. Tardé mucho en tomar esta decisión, no quería que nadie me quitara la independencia que la Zona me había regalado y que acaba de estrenar, la libertad de ir y hacer lo que me placiera en cada momento, sin embargo, era consciente de que, en determinadas situaciones, había uno de renunciar momentáneamente a su posesión más preciada con el único objetivo de disfrutarla más plenamente si cabía, en el futuro.

La amplia escotilla que da paso al búnker del comerciante solo se cierra por la noche… Unas bombillas fluorescentes iluminan los peldaños mohosos que descienden hacía el complejo subterráneo que hace las veces de establecimiento comercial y vivienda para Sidorovich. No está muy profundo, tan solo tres tramos antes de toparse con una pesada puerta de acero deslucido, difícil de abrir empujando con el hombro. La puerta cede con un desagradable chirrido y allí, plantado tras un duro mostrador se encuentra Sidorovich. Hombre de aspecto hinchado, barbudo y entrado en años, vestido sin miramientos. Levanta la cabeza de un periódico viejo y se quita las gafas, indiferente, desencantado. Más allá del mostrador, a través de unos barrotes tras los que se parapeta el vendedor, pueden atisbarse pedazos de otras habitaciones del búnker: Contenedores de metal apilados, cajas de cartón abiertas a tijera, plástico de burbujas y un rifle automático cuyo modelo no distingo apoyado sobre una mesa de madera. Un ventilador bate despacio el ambiente otrora estancado y agobiante del complejo subterráneo y una canción ucraniana no demasiado alegre flota en el aire, proveniente de una vieja radio encaramada en una repisa. Sobre el mostrador, a parte de los brazos velludos del comerciante, hay un viejo transmisor de radio que ha visto mejores años y un libro desproporcionado en cuya portada se puede leer en ruso la palabra “agenda” (записная книжка).
Sidorovich no es un hombre amable, no lo era antes de que apareciera la Zona y mucho menos iba a serlo ahora que estaba atrapado allí dentro. La impaciencia se transforma en fastidio y su rostro se contrae ante la parsimonia del nuevo visitante que lo observa todo despacio, como un bobalicón.
Y, en efecto, por aquel entonces, seguramente lo era: Vacilante e inseguro, con la ingenuidad propia de un niño. Titubeé, no sabía muy bien por donde empezar.

- Me llamo… -
- Eh, para el carro, no me importa un carajo como te llames. ¿Acabas de llegar no? – Me observó de arriba abajo mientras se acariciaba el áspero mentón que remataba su cara holgada, yo asentí – La mayoría de los nuevos que llegan no valen ni para arrastrar los cadáveres a la fosa… Pero tu no tienes mala pinta, al menos parece que puedes levantar un rifle sin que te venzan los brazos, quizá puedas serme de alguna utilidad. ¿Te interesa trabajar para mí? Ahora mismo no ando sobrado de gente. –
Dudé, y ante mi expresión confusa, malinterpretada quizá por el hombre, este añadió enérgicamente:
- Haz lo que quieras, pero te advierto que no harás mucho dinero si vas por tu cuenta, si consigues sobrevivir, cosa que dudo, yo me encargaré de que nadie te compre lo que encuentres por ahí, además, te puedo asegurar que no me hace ni la put* gracia (su ucraniano no era perfecto) que me salgan proveedores que me hagan competencia por este sector, y… digamos que ellos suelen conocer mi peor cara, no se si me entiendes…- Aquel hombre no parecía concebir que me hallara allí por motivos totalmente ajenos al dinero. Podría haberle explicado por qué yo no suponía absolutamente ninguna amenaza para su negocio en la Zona, o simplemente haberme largado después de meterle un tiro en la cabeza; pero en ese momento pensé que acaso si trabajaba para aquel hombre podría llegar a conocer lugares de otro modo inaccesibles y tratar con gente que quizá en otras circunstancias me habría acribillado, ya que Sidorovich, como ya había dicho Wolf, sostenía lucrativos negocios con los militares del sector.
El dinero tampoco me vendría mal, ya que, como tuve la ocasión de comprobar después, los precios del equipo que suministraba Sidorovich eran tan desproporcionados como su reprobable avaricia.
Acepté su propuesta, y la conversación continuó por derroteros cuyas exactitudes no estoy por recordar. Me proporcionó un deteriorado receptor de radio portátil que al parecer había pertenecido a otro de sus colaboradores, acerca de cuyo supuesto fatal sino no quiso responder pregunta alguna, y me aseguró que pronto se pondría en contacto conmigo. Pensé fugazmente en enseñarle el artefacto que había hallado y que llevaba conmigo a todas partes, en un bolsillo lateral del pantalón, pero en seguida deseché la idea pues, si de verdad aquél tenía el valor que prometía su inusitada belleza, no dudaba de que Sidorovich trataría de arrebatármelo al mínimo descuido, de mi mano fría si fuera necesario. En lugar de esto le pedí que me enseñara los artículos que se hallaban a la venta y él, con la displicencia con la que se trata a un cliente del que no se espera ningún desembolso, me pasó un catálogo impreso sin ornamentos en páginas de papel estropeadas. En efecto tras observar detenidamente la relación de objetos y sus precios (en su mayoría armas: pistolas ucranianas de ínfima calidad, algunos subfusiles importados y varios modelos de rifles de asalto del ejército soviético, en su mayoría Aks; aunque también había comida enlatada, vodka y otros alimentos, así como algunos chalecos kevlar anticuados, vendas, antibióticos, medicamentos poco fiables contra la radiación, y artículos variados como linternas, pasamontañas, mascaras de gas, cuerda, arneses y mosquetones de montañero, bengalas de salvamento, e incluso unas gafas de infrarrojos de último modelo con un precio desorbitado), creí más conveniente guardar las 100.000 grivnias de las que aún disponía para un momento más acuciante.

Tres días más transcurrieron antes de que recibiera en mi transmisor la llamada de Sidorovich. Tres días más deambulando por el tedioso campamento, en el que ya se me conocía como “el lúgubre” (печальный), pues seguía rehuyendo cualquier contacto con los demás integrantes de la pequeña comunidad de Wolf y Sidorovich y mi actitud era siempre huidiza y taciturna. Durante este tiempo que había transcurrido, paseando sin rumbo de aquí para allá, escuchando conversaciones a escondidas, dormitando en los rincones, pensando, no había vuelto a ver a los camaradas con los que en su día había llegado hasta allí. Por eso me sorprendió ver pasar a Seriy por delante del salón derruido de una de las casas, en la que me hallaba reposando, poco antes de recibir la llamada.
El no me vio a mí, se dirigía hacía las afueras del pueblo e iba acompañado por otros tres hombres, todos ellos bien armados con fusiles y pistolas y ataviados con trajes especiales de protección confeccionados con cuero y placas kevlar y máscaras de gas colgando de sus cuellos a modo de capucha. Al menos uno seguía vivo, pensé, contradiciendo así la idea de una muerte prematura de mis compañeros que había dado por hecha en mi cabeza ante su prolongada ausencia. Fue entonces, mientras observaba perplejo el lento caminar de Seriy, preguntándome quienes eran aquellos hombres con los que se marchaba del campamento y a dónde se dirigirían, cuando mi transmisor empezó a emitir un molesto zumbido. La cascada voz de Sidorovich sonó alta y clara: me quería en el búnker en diez minutos.

Recogí apresuradamente mis escasos pertrechos, amontonándolos de mala manera en la mochila, y me dirigí de nuevo hacía la angosta escalinata que se adentraba en la tierra sintiendo un ligero nudo en el estomago. Cuando llegué hasta la sala del mostrador, Sidorovich no estaba solo, allí se hallaban además de él, otros dos hombres a los que nunca había visto. Ambos giraron la cabeza cuando atravesé la puerta sudoroso, pero apenas tuve tiempo de analizar sus gestos, pues el comerciante se hallaba cruzado de brazos tras la reja de metal, en postura apremiante.
- Bueno, ya estáis todos. – Comenzó a hojear su abultada agenda mientras hablaba – Será un trabajo muy sencillo, para ir empezando con vosotros…Aquí está – Se detuvo en una página que mostraba un texto torcido, había un pequeño mapa impreso grapado en el margen – Os explico, veréis, últimamente he recibido varias quejas de algunos de mis clientes, han venido a mi casa y me han acusado de vender basura defectuosa a través de mis distribuidores, armas que se encasquillan, munición pasada por agua, comida caducada, esa clase de cosas. ¿Me seguís? – Asentimos – Bien, pues he estado investigando y gracias a uno de mis hombres de confianza, he descubierto que hay alguien que me la está pegando. Por lo que tengo entendido, se presenta a mis clientes como uno de mis agentes y luego les vende mierdas de este calibre. – Extendió el brazo hacía un estante que quedaba fuera de mi campo visual y cuando su manaza volvió a aparecer en ella llevaba una pistola aparentemente en perfecto estado. Apuntó con ella a uno de los hombres que se hallaban junto a mí, y, sin pensarlo, apretó el gatillo. Con un leve restallido, la corredera saltó hacía atrás y quedó en posición vertical sobre el cuerpo del arma. Ningún proyectil salió del cañón. El hombre, que habría perdido gran parte de su masa encefálica de haberse producido el disparo, permaneció impasible en todo momento. Sidorovich tiró el arma defectuosa hacía el fondo de la habitación y continuó hablando, ahora visiblemente más alterado.
- Ya han muerto varias personas por culpa de está bazofia. Si no puedes confiar plenamente en tu pistola, eres un jodido fiambre ahí fuera, es lo primero que se aprende, ¿Entendéis? – Asentimos con la cabeza como autómatas – Bueno, pues vais a hacer lo siguiente, os voy a decir por donde se mueve este bastardo, vais a ir allí, le vais a encontrar, y os lo vais a cargar. Es sencillo. Por lo que tengo entendido siempre está solo y sus armas no son mucho mejores que las que va vendiendo. Si cumplís, todos ganamos: Yo mantengo mi prestigio como buen hombre de negocios que soy y de paso le doy un ligerísimo toque de atención a la gentuza que esté pensando en jugármela y vosotros os lleváis una generosa prima que os ayudará a ir tirando durante algún tiempo. ¿Qué os parece?... Esta es la última oportunidad de cambiar de idea, si vais a rajaros como mariquitas este es el momento.-
Los dos hombres que estaban junto a mi asintieron rápidamente con un suave murmullo, yo tarde algo más, pero pasados unos segundos, miré a Sidorovich a los ojos y efectué un contundente movimiento afirmativo con la cabeza. El me devolvió el gesto, satisfecho. Estaba dispuesto a matar a aquel hombre a cambio de dinero. Me había hecho a mi mismo la firme promesa de no volver nunca más un paso atrás, y en aquel momento la idea de rehusar tan solo fue un leve indicio cruzando mi mente de forma fugaz. Durante este lacónico momento de duda sopesé gravemente la ausencia de alternativas contrapuestas al camino que iba seguir: no había bifurcaciones posibles, solo hacía adelante, un camino sombrío, apetecible en algún sentido extraño y hacía detrás, un camino ya desgastado por miles de botas, luminoso o contaminado más bien por una luz ficticia. La elección era sencilla.

Sidorovich desarrolló los pormenores del plan durante los minutos que siguieron, tras lo cual, decidió que era un buen momento para las presentaciones.
- ¡No trabajaréis bien juntos si ni siquiera sabéis vuestros nombres! – Los dos hombres se giraron hacía mi y se presentaron sin ningún entusiasmo. Dos tipos peculiares, como casi todos los que había por allí. El que estaba a mi izquierda, al que Sidorovich había disparado, se llamaba Bohdan, era alto y fuerte, moreno y con mirada agresiva, el ceño siempre fruncido y los ojos reducidos a dos afiladas rendijas con pupilas azuladas. Barba de dos días cubriendo sus mejillas y el pelo medianamente corto y alborotado a propósito. Vestía una cazadora gris, una réplica de la cazadora de vuelo utilizada por los pilotos del Cuerpo Aéreo de la Guardia de Minsk en la segunda Guerra Mundial que me llamó especialmente la atención y unos pantalones del ejército de tierra. Tras un rápido examen del cual no pude extraer conclusiones demasiado contundentes sobre su carácter, saludé al otro individuo. También alto, aunque mucho menos robusto que Bohdan, llevaba gafas y su rostro anguloso parecía haber sido succionado por una aspiradora que se hubiera llevado toda la carne. La piel, tersa sobre el hueso, parecía traslucida debido a su extrema palidez. Los ojos hundidos tan solo se adivinaban, enterrados en su cráneo, apenas se discernía su color o expresión, camuflados además, tras el caprichoso reflejo de sus gafas viejas y sucias. Aquel fantasma llevaba el pelo cortado a ras de cráneo y una barba asentada ya en torno a su boca, de labios incoloros. Cubría además su esquelético cuerpo con una parka rojiza, arañada y descompuesta en algunas partes de tal forma, que ayudaba a rematar su aspecto entre siniestro y lastimoso. Se presentó como Tamas y su acento confirmó su procedencia húngara, hacía la que ya su nombre apuntaba.
Tras los pertinentes y apáticos saludos yo también me presenté, y una vez finalizadas las escasas muestras de cortesía, Sidorovich acabó de explicarnos el sencillo plan y nos entregó un mapa rudimentario del área circundante al poblado con señalizaciones en los puntos en los que era más probable que se hallara el impostor, y una cámara de fotos instantánea para fotografiar el cadáver como prueba de su muerte. Entonces llegó el momento que yo llevaba ya un rato esperando, Sidorovich se ausentó unos segundos, desapareciendo tras la trastienda y volvió portando tres armas, una para cada uno. Las repartió según su criterio, entregándole a Bohdan un rifle AK 47 con la culata resquebrajada mientras elogiaba su excelente puntería, poniendo de manifiesto que no era el primer trabajo que el tosco ucraniano realizaba para el comerciante. Seguidamente le paso una Luger P08 semiautomática a Tamas. Una rara pieza alemana que casi podría haber sido considerada una joya de coleccionista si se hubiera encontrado fuera de la Zona, si bien allí dentro, y más en aquellos días, cualquier objeto que aún disparase era susceptible de ser usado para matar en cualquier lugar y situación. Me acerqué ávido al mostrador y Sidorovich me entregó la última de las armas que había traído, un rifle de cerrojo Remington del .35 bastante antiguo y carente de mira telescópica. Cuando tuve en mis manos la majestuosa arma la sopesé y apoyé la culata en mi hombro para comprobar que el sistema de puntería no estaba deteriorado. Lo estaba, ya que un golpe había desviado la pieza de metal y esta no alineaba correctamente con el cañón, esto probablemente haría que mis disparos se desviaran unos centímetros a la izquierda, examiné también el mecanismo de carga, el cerrojo era de movimiento vertical y funcionaba correctamente pese a que la fina capa de óxido que lo cubría impedía que el desplazamiento fuera todo lo fluido que debiera.
- Hazte merecedor de ella, chico, o te abandonará y se irá con otro – Sidorovich me guiñó un ojo al ver como sostenía orgulloso el rifle con las dos manos.
- Y ahora largaos de una vez. Si todo sale bien, volved a verme en unas horas, cuando ese farsante ya no camine entre nosotros – Nos hizo gestos apremiantes con ambos brazos y nos apresuramos a abandonar el búnker y, posteriormente, el poblado.

Nada más dejar atrás la barricada confeccionada con coches destrozados, mientras me adentraba irremediablemente en la cuesta sombría que llevaba más allá de la “zona neutral”, siguiendo a Bohdan y a Tamas, noté un cambio en el aire. Este, más extraño, más inquieto, parecía portar ciertas partículas pigmentadas que le daban un color marronáceo, haciéndolo más sensible a la proyección de los rayos de luz, que, escasos y débiles, se reflejaban y refractaban en las insignificantes virutas creando efectos ilusorios. Me pregunté si aquella misteriosa flotación sería una reminiscencia, quizá eterna, de la colosal explosión acaecida durante el Incidente. Los despojos invisibles quedaron suspendidos, para siempre tal vez, desorientados, vagando ni aquí ni allí, incapaces de encontrar un sitio apacible donde volver a posarse y descansar. Era medio día pero no había sol y las nubes formaban un océano metálico sobre nuestras cabezas.

El camino desembocaba en una carretera resquebrajada que atravesaba el campo a lo largo de un promontorio elevado sobre el resto del terreno, este se extendía hasta donde alcanzaba la vista como una serpiente enorme que dividía el área en dos mitades. Cuando acabé de remontar la cansina cuesta me hallé al fin en un lugar con cierta perspectiva para otear los aledaños, en su mayoría cubiertos por árboles dispersos y marchitos y vastas extensiones de matorrales de colores mortecinos. Extraje mis prismáticos mientras mis nuevos camaradas estudiaban el mapa entregado por Sidorovich y exploré con ellos la lejanía sin avistar rastro alguno de movimiento. Una granja abandonada, compuesta de dos grandes naves paralelas, vacía, unos plásticos antiguos enganchados a la rueda de un tractor mellado, danzando fantasmagóricamente al son de las tenues ráfagas de viento. Más allá, un gran depósito elevado de agua junto a una casa solitaria en medio del páramo, las contraventanas estaban cerradas, pero la puerta había sido destrozada a mazazos. Avisté también un antiguo complejo manufacturero, seguramente relacionado con la industria agrícola, compuesto de varios edificios destartalados, llenos de graffiti, seguramente se hallaba abandonado desde mucho antes del Incidente; Después de la gran explosión que barrió la tierra, ya nadie quiso hacer pintadas allí.
No veía absolutamente a nadie, ni tampoco ninguna clase de vida mutante, pero de alguna manera sabía que estaban ahí, agazapados en los bosques y en los sótanos. Hombres y bestias por igual.
Disgustado, tuve que detener mi escrutinio, pues mis compañeros habían trazado ya una ruta y andaban raudos sin intención de esperarme.

Salimos de la carretera siguiendo las recomendaciones de Bohdan, el explorador más avezado de la diminuta compañía, pues las patrullas del ejército la frecuentaban. Anduvimos no obstante, en paralelo a la lengua de asfalto, sin perderla de vista, agazapados entre los arbustos, las armas siempre apunto.
El silencio de los primeros años es algo que a menudo hoy echo en falta, solo de vez en cuando los cuervos graznaban de forma extraña sobre nuestras cabezas y, de forma más infrecuente, una ráfaga rasgaba la lejanía. En todo caso este silencio no conllevaba ningún tipo de relajación en nosotros, mis primeros pasos por la Zona salvaje fueron tan tensos como los miles que los seguirían después, cualquier arbusto se convertía en mi peor enemigo al mínimo crujido, cualquier paso en falso podía ser el último.
No tardamos en llegar a un paso elevado en la carretera, Bohdan nos hizo una seña, había visto algo. Nos arrimamos a unas rocas y Bohdan se apoyó en una de ellas apuntando con el rifle. Sin emitir sonido alguno, nos hizo una seña con el dedo para que miráramos lo que le había puesto sobre alerta. Parapetados en las rocas observamos la siniestra arcada del túnel que atravesaba el terraplén, pasando bajo la carretera. En mitad del pasaje había un coche atravesado, con las ruedas pinchadas, medio calcinado. Junto a él, los restos de una hoguera apagada hacía tiempo y latas de refresco vacías en torno a ella, un charco de sangre reseca. Pero lo que había alarmado a Bohdan no era el cadáver medio podrido que se hallaba junto a la hoguera fuera ya del abrigo del pasadizo, sino algo mucho más siniestro. Había algo vivo en el túnel.
Solo alcanzábamos a ver parte de su cuerpo, pero parecía una especie de cánido grotesco, deformado hasta lo indecible. Tenía el pelo del lomo erizado hasta tal punto que parecía una cresta formada por finos cuernos y su piel se hallaba horriblemente deteriorada, como derretida y carbonizada al mismo tiempo. Solo estaba cubierta de pelo apelmazado en algunas zonas, mientras que en otras la carne sanguinolenta aparecía a la vista. Todo el cuerpo del animal tenía un aspecto podrido e insalubre y sus escuálidas patas se hallaban rematadas por unas garras totalmente sobrenaturales y desproporcionadas, de uñas sobresalientes y torcidas, negras y rojas de sangre. El espantoso animal estaba inclinado y su cabeza quedaba amparada tras una de las puertas traseras del coche, que se hallaba abierta. No podíamos verlo pero quedó bastante claro lo que estaba haciendo cuando hasta nuestros oídos llegó el sobrecogedor sonido de la carne desgarrándose. El cuerpo de la bestia infernal se sacudía de una manera inaudita y pudimos dilucidar que se estaba alimentando del otro desgraciado que había perecido en el angosto pasaje. Para comprobarlo, di un ligero rodeo en torno a las rocas y cambié mi posición como espectador de la dantesca escena, de manera que al fin pude ver la cabeza del animal y lo que hacía. El cuerpo estaba prácticamente abierto en dos mitades y su fisonomía humana había quedado reducida a unos despojos informes y repugnantes. La criatura hundía su hocico anormalmente alargado y cubierto de sangre y restos en los desechos una y otra vez y arrancaba pequeños pedazos de carne y tendones provocando un sonido realmente perverso. Me fijé en sus ojos, dos diminutas órbitas amarillentas a ambos lados de su cabeza enorme, con la mandíbula desigual rematada con dos hileras de diminutos dientes afilados, un trozo de piel le colgaba del cráneo y este quedaba a la vista, mostrando un color rojizo antinatural. No sabía a qué especie de animal podría haber pertenecido ese monstruo antes del Incidente, probablemente había sido un perro o un lobo, pero lo que estaba claro es que ahora no parecía provenir de este mundo.
Al igual que no hacía muchos días había podido observar y deleitarme con la faceta más benigna, más exquisita, de las emisiones irradiadas durante el Incidente, capaces de crear aquellos objetos maravillosos llamados artefactos, ahora observaba con un horror desconocido su maligna capacidad para convertir sin piedad a un ser de la naturaleza en aquella depravación viviente, en aquel demonio salido del averno, devorador ávido de carne humana.
Una mano en mi hombro me hizo sobresaltarme, pues contemplaba el macabro espectáculo boquiabierto y abstraído, con los ojos como platos, fijos en aquel ser que se alimentaba indiferente, ignorante de nuestra cercanía. Era Bohdan – Vamos, daremos un rodeo – Dijo y se puso en marcha adentrándose en la desolada arboleda que se alejaba de la carretera y el paso elevado.
Describimos una amplia circunferencia para evitar al monstruo, adentrándonos en la esquilmada alameda. Una leve neblina se había levantado tímidamente desde nuestra partida del campamento, y ahora flotaba en volutas dispersas por entre los árboles. El silencio era absoluto, nada osaba moverse. En varias ocasiones tuvimos que cambiar de dirección, pues la arboleda se espesaba al alejarse de la carretera y la radiactividad, estancada y acumulada en los lugares más encerrados, hacía que nuestros contadores geiger, siempre funcionando atados a nuestro cinturones, comenzaran a emitir el suave chirrido característico, indicando el exceso de partículas anómalas. Por suerte, los contadores estaban programados para emitir la alarma sonora mucho antes de que los niveles radiactivos fueran excesivamente dañinos, de manera que en la mayoría de los casos bastaba simplemente con darse la vuelta y buscar otro camino menos contaminado para continuar la exploración. Bohdan me explicó brevemente esto durante una de las escasas y exiguas charlas que mantuvimos a lo largo de la marcha. Ni uno ni otro eran grandes conversadores, y así era mejor, pensé.

Duraba la caminata ya dos horas cuando, habiendo vuelto otra vez al orientativo curso de la carretera, nos hallamos frente a un enorme terraplén por encima del cual transcurrían las vías del ferrocarril, que viajaban en dirección perpendicular con respecto a la estrecha comarcal. La calzada se abría paso atravesándolo, pasando por debajo de un puente de hierro situado a unos 15 metros de altura. Varios vagones de mercancías habían sido abandonados en las vías y nadie se había molestado en apartarlos del maltratado puente, cuyas oxidadas vigas de hierro parecían a punto de ceder bajo el peso de los colosos que reposaban indiferentes sobre él. La locomotora había desparecido.
Sidorovich había dibujado un círculo rojo en torno a las dependencias de una enorme granja en donde era probable que el farsante se hallara en aquellos momentos, traficando con sus mercancías. Los edificios quedaban ligeramente apartados de la carretera, más allá del gran terraplén. Avanzábamos resueltos pero precavidos, como hasta ahora, dispuestos a sopesar desde una posición más favorable y con ayuda de los prismáticos el mejor punto para atravesar de un modo seguro el obstáculo de tierra cuando una salva de disparos surcó el cielo. Su atronador sonido reverberó, expandiéndose a través del aire, viajando kilómetros. Los tres nos arrojamos al suelo y rodamos en busca de una cobertura, como Bohdan nos había explicado que haríamos en caso de una emboscada. Los disparos habían sonado muy cerca, se trataba de un rifle automático de gran calibre, los dispersos arbustos que nos cubrían no serían suficientes en caso de que el enemigo decidiera disparar a bocajarro contra nuestra posición. A mi derecha, echado sobre el polvo a unos pocos metros, vi a Tamas, que me hacía señas frenético con la mano. Intenté hacer que se calmara lo mejor que pude mediante gestos, pero yo mismo me hallaba presa de una excitación que me impedía pensar con claridad. La transformación que había experimentado en el sórdido sótano donde me encontré con Pavel Kuchma no se estaba produciendo y el rifle me temblaba entre las manos. Busqué a Bohdan con la mirada pero no alcancé a verle y estaba a punto de asomar la cabeza sobre el matorral cuando otro estallido rompió la suave brisa. Está vez un solo disparo quebró la silenciosa monotonía y después un gemido desgarrado se ahogó en la garganta de un hombre que exhaló su último aliento mientras se desplomaba a escasa distancia de nuestro precario escondite. La hierba y la tierra manchadas de nuevo con sangre, la Zona se cobraba otra vida en aquel preciso instante, pero aquello no me preocupaba en absoluto entonces, pues solo podía rezar para no ser el siguiente blanco del francotirador asesino que acaba de eliminar a aquel pobre diablo. Permanecimos tumbados en silencio sobre la incomoda hojarasca, sin movernos. La suerte nos había sonreído en aquella ocasión; no parecían habernos visto, por cuanto, tras el cese de los disparos, pudimos oír como el francotirador se vanagloriaba de su destreza con el rifle entre bromas y felicitaciones de sus compañeros, que salían de sus respectivas coberturas. Las voces continuaron y se acercaron, dirigiéndose al lugar donde había caído su victima, hablando primero animada y jocosamente y luego de forma más grave y en susurros. Pude identificar hasta tres dicciones diferentes mientras pasaban peligrosamente cerca de nosotros, sin sospechar de nuestra presencia, agazapados como estábamos entre matojos, pero no fui capaz de discernir todo cuanto estaban diciendo, pues no hablaban ucraniano, sino ruso. Un idioma susceptible de ser sometido a numerosos matices diferentes en cuanto a pronunciación se refiere y que, pese a conocerlo bien en la mayoría de sus cambiantes facetas, no dominaba aún a la perfección. Su entonación, particularmente cerrada, escapó a mi entendimiento y tan solo logré distinguir palabras sueltas de su jerga. Al parecer, esperaban encontrar ciertas indicaciones acerca de una importante ubicación entre las posesiones del muerto. Escuché como se mofaban mientras registraban el cuerpo abatido, tras lo cual, se produjo un repentino cambio en ellos, uno de los asesinos se enfureció y comenzó a maldecir. No entendí ninguna de las blasfemias que soltó en su colérica retaila, pero su voz mezquina era veneno para los oídos. No parecían haber encontrado lo que esperaban de aquel miserable. Escuché como pateaban el cadáver y una fuerte discusión se encendió entre ellos. Y esta fue sin duda la parte que más me intrigó y en la que más esfuerzo dediqué al desciframiento de su enrevesado galimatías, pues durante la furibunda riña, el nombre de Seriy fue mencionado varias veces. Debido a la rapidez con la que se pronunciaban los reproches, me fue imposible adivinar porque hablaban del que había sido mi silencioso camarada durante el viaje de llegada, ni que clase de relación le vinculaba con aquellos individuos.
Las piernas, entumecidas, empezaban a dolerme de verdad cuando al fin cesó la discusión, y escuché aliviado como los tres rusos se alejaban de nosotros a través de la hierba seca que no conseguía amortiguar del todo sus pisadas. Esperé unos minutos más antes de empezar a mover mi cuerpo agarrotado y fui incorporándome muy lentamente, cuando alcé la vista por encima del matorral espinoso que probablemente nos había salvado la vida, las cercanías del terraplén del ferrocarril estaban desiertas y el silencio imperaba de nuevo.
Mientras me sacudía la ropa, vi como Bohdan asomaba la cabeza por detrás de un viejo tractor, abandonado junto a un cobertizo vacío y medio derruido. Tamas también se incorporaba, con sus huesudas facciones aún contraídas por el susto.
- ¿Quiénes demonios eran esos? – Preguntó a Bohdan, era una de las primeras veces que abría la boca desde nuestra partida del búnker.
- ¿Y cómo quieres que lo sepa? Los vi a través del tractor, uno de ellos llevaba un rifle bastante decente, y chalecos anti-balas, puede que sean mercenarios, quien sabe. Ahora ya no nos importa, se han ido.- Encogió los hombros
- ¿Mercenarios? – Pregunté
- Si, tío, mercenarios. Cobran por cabeza, nadie sabe quien les paga, pero si van a por ti, te aseguro que estás jodido, bien jodido diría yo. Aunque no los envían por cualquier tontería, tienes que haber hecho algo gordo, a alguien con pasta supongo. Oí que están llegando bastantes últimamente, aunque nunca los había visto por aquí, en un área tan exterior. –
Me acerqué al cadáver que había quedado allí, abandonado, olvidado por todos, uno más de los despojos que se acumulaban por doquier, acogidos íntimamente por el paisaje también muerto, eran tantos que ya casi nadie se molestaba en enterrarlos. Se trataba de un tipo rechoncho, lo cual ya de por si era extraño entre los escuálidos y subalimentados sujetos que solían verse por la Zona. Su pelo moreno, largo y rizoso, cubría en parte su gesto descompuesto. El francotirador le había alcanzado en el esternón y su camisa clara, que era el otro elemento extraño del cadáver, lucía una gran mancha de sangre en torno al tremendo boquete abierto por la bala. Le habían desgarrado la chaqueta y las mangas de la camisa, así como los pantalones, en busca de lo que quiera que no habían encontrado, y las marcas de los golpes propinados post mortem eran claramente visibles, la imagen era dantesca. Ni siquiera nos molestamos en revisarlo, pues era obvio que no había quedado nada útil después del brutal registro, si bien un examen detenido de la anatomía destrozada del muerto me reveló un dato interesante que los mercenarios habían pasado por alto y que decidí no revelar a mis compañeros. Las uñas del rollizo difunto estaban, además de ensangrentadas, manchadas de barro, así como la parte superior de sus gruesos dedos. No me resultó difícil deducir que había enterrado algo antes de hallarse de bruces con su fatal destino. Quizá otro tesoro como el que ya había encontrado días atrás excavando como un sabueso en la tierra, o quizá aquello que andaban buscando sus ejecutores. Disimulando la turbación que me produjeron las fantasiosas elucubraciones que abordaron mi mente, decidí que volvería yo solo a aquel lugar lo antes que pudiera y exploraría los alrededores en busca de signos de un enterramiento apresurado, pues no deseaba compartir lo que quiera que se hallara esperándome entre las raíces con mis dos nuevos camaradas. Simulando que el maltratado cadáver producía una repugnancia en mí que jamás existió, me alejé apresuradamente de él y apremié a Tamas y a Bohdan para que los tres continuáramos la marcha en pos de nuestro objetivo, temeroso de que un prolongado examen del cuerpo les revelara los detalles en los que yo, más perspicaz, acababa de reparar.
Remontamos con cuidado la pronunciada pendiente del terraplén y atravesamos las vías del ferrocarril. Me detuve un instante, en equilibrio sobre el oxidado raíl, observándolo mientras este se perdía solitario en la lejanía neblinosa. Siempre me habían llamado la atención los recorridos sinuosos de los trenes a lo largo de valles y montañas, las estrechas piezas de metal que conformaban las vías, sobre las robustas traviesas de madera, tanto tiempo a la intemperie, solitarias, esperando el fugaz transcurrir de algún vehículo ruidoso. De pequeño solía escaparme de casa y andar hasta las vías del tren que pasaba cercano con destino a Kiev. Allí, solo, lo esperaba y lo miraba transitar con su estruendoso traqueteo, y ponía cosas metálicas como monedas o tuercas en las vías para recogerlas luego aplastadas y deformadas por las titánicas ruedas.
El recuerdo fue breve, no había tiempo para la memoria de una vida pasada, vacía e infructuosa.

Continuamos en dirección Norte mientras la noche se asomaba preocupantemente desde el horizonte, no habíamos calculado bien el tiempo y era poco probable que lográramos volver al campamento antes de bien entrada la madrugada.
Mientras andábamos, pensaba en el taciturno Seriy, me preguntaba qué habría estado haciendo desde nuestra llegada para haber llegado a ser el centro o si no, al menos un motivo importante, de una discusión acalorada entre dos mercenarios rusos en torno aún cadáver. Desde luego, Seriy no era un nombre muy común, de hecho, yo jamás lo había escuchado antes de conocer a aquel hombre cargado de misterio. No obstante, ni siquiera mi dilatada imaginación fue capaz de hallar una posible respuesta para esta cuestión, ni tan solo una demasiado descabellada e inverosímil como las que solía extraer finalmente de mis discurrimientos, así que enseguida abandoné frustrado el tema, dándolo por imposible.
En cualquier caso, tenía preocupaciones más acuciantes en mente, pues ya habíamos llegado a las enormes dependencias de la granja donde debía hallarse nuestro objetivo, y las alargadas sombras de los edificios en el tempranero crepúsculo, se presentaban amenazadoras ante nosotros.
La finca era grande, de unos cincuenta metros cuadrados, delimitados por un cercado del que solo quedaban algunos tramos comidos por el óxido. Un amenazador granero ovalado, un establo cuyo techo se había venido abajo y una ostentoso caserón eran las tres dependencias destacables de la hacienda, entre ellas, viejos campos de cultivo convertidos ahora en eriales agrietados y exentos de vida.
Acechamos prudentemente durante largo rato desde fuera de la ruinosa verja que antaño protegía las propiedades del granjero. Nada se movía, y empezábamos a dudar de la información de Sidorovich cuando pudimos observar como un individuo encapuchado se asomaba y escupía por una de las ventanas de la fachada principal del caserón. No nos vio. Tomamos su presencia en el lugar como evidencia suficiente para avanzar sobre el objetivo y Bohdan trazó un sencillo plan para terminar rápido con el asunto. Tamas y Bohdan entrarían en la vivienda destartalada con las armas enfundadas, fingiendo ser clientes interesados en la mercancía, el desconocido chamarilero habría de ser cortés, pues estaría demasiado interesado en los cuartos de los visitantes como para iniciar indagaciones que pudieran acabar en una refriega. De esta manera no sería difícil acribillarlo al mínimo descuido. Mientras tanto, yo haría guardia fuera, en una posición ventajosa sobre el terreno, con el fin de alertar a mis camaradas en el caso de que algún esbirro del susodicho asomara por allí. Si lo que había dicho Sidorovich era cierto, y aquel hombre siempre andaba solo, “la cosa sería pan comido”, dijo Bohdan, que no parecía tener reparo alguno en dispararle el mismo.
Mientras ellos andaban tranquilamente hacía la entrada principal, en actitud que pretendiendo ser demasiado natural, quedó algo forzada, yo me deslicé cuidadosamente por detrás del granero y me situé entre unas balas de paja podridas, con mi rifle Remington listo para ser disparado. Desde mi puesto, elegido con sutileza, veía la entrada del establo, con su gran puerta corrediza entreabierta, y el camino fangoso que unía el granero con la gran mansión, cuya fachada principal también quedaba dentro de mi ángulo de tiro. Observé como mis compañeros penetraban en la casa, demasiado descuidadamente, según mi parecer, y un hormigueo nació en mi estomago para extenderse rápidamente por mi cuerpo. Durante unos minutos que se me hicieron eternos, no ocurrió nada, el silencio inquebrantable reinaba en el lugar, cada vez más oscuro y tétrico según la noche iba conquistando poco a poco el cielo. La creciente falta de luz creaba fantasmagóricas sombras donde antes no las había y los inquietantes vapores que ahora aparecían entre los edificios no ayudaban a tranquilizar mi corazón inquieto. Tuve tiempo de observar la fachada del caserón, un edificio antiguo, con al menos medio siglo a sus espaldas. La mayoría de las ventanas se hallaban parcial o totalmente cerradas, y la pintura de las paredes se caía a pedazos, las grietas corrían libres por la superficie irregular y ninguna luz se encendía en el interior, pese a que hacía varios minutos que la visibilidad debía ser escasa o nula en un lugar tan cerrado. Aquello me inquietaba, pero no era nada comparado con la sensación tan escalofriante que me producía la presencia del establo abandonado. Las paredes de madera inmemorial, imponentes con sus sólidos tablones ennegrecidos y la ahora insondable oscuridad que se acumulaba, absorbida por el hueco que daba al interior, ejercían entre ambos un poderoso efecto en mí, poniéndome la piel de gallina. Cada vez que miraba hacía la entrada, los caprichosos tonos de la oscuridad parecían moverse y cambiar, engañando a mi mente, retorcida y propensa a jugarme malas pasadas, y creando la sensación constante de algo moviéndose allí dentro. Tantos cientos de noches he vivido esto y aún ahora que lo escribo, un rumor inquieto se levanta en mi estomago. Deseé una y otra vez que Bohdan y Tamas acabaran la tarea, y que nos marcháramos de allí cuanto antes. Aunque en realidad, mi cabeza volvía a traicionarme, pues lo que en realidad anhelaba era que ocurriera cualquier otra cosa que rompiera bruscamente aquella monótona y eterna espera, aunque aquello supusiera que el extraño monstruo que imaginaba y moldeaba en mi cabeza hiciera su aparición, saliendo del establo entre rugidos y aspavientos inhumanos. No me importaba que no hubiera final feliz.
Un único disparo resonó entonces en el interior de la casona dándome un susto de muerte, y no fue ni mucho menos una criatura imaginaria lo que salió del establo a los pocos segundos, sino tres hombres armados que se dirigieron con premura hacia la anciana residencia, alertados por el estallido.
Con el corazón en un puño, conteniendo la respiración y poseído de nuevo por aquella extraña fuerza que nublaba mi mente y manejaba mis brazos, apunté mi rifle Remington en dirección a los tres hombres, que avanzaban veloces pasando a unos 10 metros por delante de mí posición, sin verme. Apoyé el rifle contra el heno maloliente para estabilizar el arma y abrí fuego teniendo en cuenta la desviación del sistema de puntería con respecto al cañón. Una nube sanguinolenta se elevó en el aire y el hombre que iba en cabeza se derrumbó en el acto contra el fango sin emitir sonido alguno.
Fue un buen disparo, pero el retroceso casi me rompió la articulación del hombro. No había tiempo para lamentarse, me oculté tras las balas de paja y recargué el arma forzando el extractor oxidado, la vaina utilizada cayó sobre mis rodillas. Pensé rápido y concluí que la mejor opción era cambiar mi posición rápidamente, pues aunque había alcanzado a ver a los dos hombres que quedaban en píe tirarse al suelo desorientados, era solo cuestión de tiempo el que adivinaran donde me hallaba, y las balas atravesarían sin duda la paja. Me arrastré lo más rápido que pude y me escondí tras los tocones cercanos de unos árboles cortados décadas atrás, rezando para que no me hubieran visto.
Al cabo de pocos segundos, durante los cuales yací inerte entre el fango, camuflado, sin atreverme a asomar la cabeza para observar lo que ocurría al otro lado de los providenciales tocones, empezaron a oírse más disparos. El alivio me llegó como una bocanada de aire fresco en una mazmorra, al percatarme de la lejanía de los restallidos, que tampoco parecían apuntar en mi dirección. Envalentonado, levanté muy lentamente la cabeza y atisbé por encima del vetusto píe del árbol ahora desaparecido.
Un tiroteo se estaba produciendo en medio de la gran hacienda. Cubiertos tras un abrevadero cochambroso, los dos hombres que quedaban de los que habían salido del establo disparaban contra la fachada principal de la mansión. En una de sus ventanas, Bohdan aparecía periódicamente y, enloquecido, abría fuego contra el abrevadero, que retumbaba y se resquebrajaba poco a poco ante el impacto de las balas.
Pensé en disparar, pero preferí ahorrar la poca munición que Sidorovich me había dado con el rifle para la acuciante noche cuyos peligros fueran quizá mucho peores que dos hombres armados. En todo caso, era poco probable acertar desde aquella distancia si se tenía en cuenta el viento que se levantaba ahora más fuerte y tampoco quería revelar mi nueva posición.
Bohdan no tardó en acertar con una de sus alocadas ráfagas a uno de los hombres que le disparaban, este cayó revolviéndose y contorsionándose entre salpicaduras de barro, tras recibir varios impactos en el hombro y quedó inmóvil a los pocos segundos. Su compañero, que llevaba la cara oculta tras lo que parecía una máscara de gas pintada de rojo, abandonó su cobertura y echó a correr en dirección a la casa, aprovechando uno de los intervalos de calma que se producían cuando Bohdan se ocultaba para recargar. Como un perro rabioso, presa de un estallido de cólera provocado por la muerte de sus amigos, el enmascarado atravesó como una exhalación el campo, que aún mantenía ciertas trazas de su arado, y entró en el caserón maldiciendo a voz en grito.
Se oyeron golpes y gritos, sonidos metálicos y cristales rotos en el interior, pero no más disparos. Las balas no podía hacer nada ya. Cuando la furia se apodera del hombre, este se vale de sus propias manos para infligir dolor a la persona objeto de su odio de forma incontrolada e irracional, y no de ninguna clase de instrumento que convierta el acto en algo frío y superficial, pues se trata de una expresión del cuerpo más que de la mente, un impulso totalmente vehemente y arrebatado.
El frenesí violento duró varios minutos, tras los cuales los terribles ruidos procedentes del interior de la casa cesaron: La pelea había concluido pero dudaba de que hubiera habido un vencedor claro. Se oyó un último disparo al cabo de un rato, que más pareció una pequeña explosión y entonces todo quedó de nuevo en silencio y paz, una paz que solo la muerte podía traer.
No sabía muy bien si acercarme y desde luego no quería adentrarme en los horrores que aquella mansión debía albergar, mancillando sus suelos, antaño fregados y pulidos, pero el frío y las sombras apremiantes del crepúsculo tomaron la decisión por mí. Ya no había tiempo para regresar a la seguridad del campamento y el sombrío edificio era la mejor opción contrapuesta al desquiciante establo derruido, el granero tenebroso y sin puertas o la fría intemperie plagada de monstruos ocultos.
Atravesé un pastizal en dirección al centro de la finca con el rifle apretado fuertemente contra el hombro, apuntando alertado a cada esquina. Cualquier cosa cabía esperarse, pues, pese a que ya no se oía ruido alguno en ninguna de las dependencias deshabitadas, aún no sabía si aquel desquiciado hombre de la máscara roja seguiría quizá deambulando por allí, herido o mutilado tras la pelea, pero aún con vida y dispuesto a ahogarme con sus propias manos por lo que habíamos hecho.
Pasé juntó al cuerpo del hostil abatido por Bohdan desde la ventana. Este aún respiraba entrecortadamente, su torso ensangrentado hinchándose y deshinchándose compulsivamente, llevaba la cara tapada con un pañuelo, pero sus ojos mezquinos, llenos de odio, quedaban a la vista, nublados, casi sin vida. Al oír que me acercaba giró su cabeza hacía mí y yo le apunté con el rifle a la cara. Era imposible fallar, pero no pude disparar, aún no tenía el aplomo necesario, por más que supiera que ello aliviaría su infinito dolor, sencillamente, no pude. Él me miró a los ojos, y mientras hacía un esfuerzo inútil por levantar su brazo desgarrado por las balas, profirió una espeluznante maldición en una lengua desconocida que me heló la sangre. Acompasadas con sus últimos estertores, las palabras parecieron surgir de los más profundo de su estomago, en lugar de provenir de su garganta. Rígido, horrorizado, me di la vuelta para no verlo y eché a andar, dejándolo allí, junto al abrevadero, al borde del óbito. Al cabo de un rato no pude evitar mirar hacía atrás por encima del hombro, el cuerpo ya no exhalaba vida alguna. Aquel hombre había conseguido grabar sus últimas palabras a fuego en mis pesadillas, sus ojos, deformados hasta rozar lo demoníaco en mi memoria, aún aparecen ante mí cuando habitualmente me incorporó sudoroso en mi camastro, con el sueño velado por esta y otras visiones. No tuve valor para volver a registrar los cuerpos y continué hacía el portón entre abierto.
Cuando penetré en el edificio, aún podía distinguir bajo la luz mortecina del ocaso, el rústico pasillo con las paredes abombadas por la humedad que constituía su espina dorsal. A ambos lados, varias puertas daban a las diferentes habitaciones, que fui inspeccionando: una sala con un hogar y varios sofás cochambrosos, inflados por la humedad y cubiertos de mugre, una cocina ennegrecida, un almacén esquilmado, con varios arcones y cajas destrozados esparcidos por el piso de piedra, atestiguando los numerosos saqueos y una sala oscura y vacía cuya utilidad no me quedó muy clara. Recorrí el pasillo muy lentamente, atento a cualquier ruido proveniente del piso de arriba, asomándome a cada habitación con el rifle por delante. El viento transcurría por el interior, entrando y saliendo a placer por las ventanas abiertas y provocando sonidos extraños; crujidos y silbidos que se me antojaron como los tristes lamentos de una criatura milenaria sepultada bajo los cimientos. Al final del desolador pasaje, unas escaleras roídas daban al piso superior.
Lo que hallé allí es mejor que no sea descrito con excesiva prolijidad, pues al igual que yo me horroricé al contemplarlo, los lectores de este legado quedarían profundamente repugnados al recibir una descripción detallada de los pormenores de tal truculencia. Hallé cuatro cuerpos, entre los cuales reconocí con claridad solamente uno, el de Tamas, que había recibido un balazo en la cabeza y yacía bocabajo sobre una alfombra empapada. Los que supuse debían ser los restos de Bohdan estaban tan brutalmente destrozados, que cualquier parecido con un cuerpo humano normal era pura y siniestra coincidencia. Nunca había visto a uno de los otros dos hombres que allí había, este concretamente, yacía acribillado con saña en una habitación contigua de aquella planta de los horrores y supuse que debía ser el malogrado objetivo de nuestra misión, que había quedado ya truncada y relegada a un segundo plano por la multitud de muertes que se habían precipitado en la última media hora. El otro cuerpo pertenecía al hombre de la máscara roja, aunque poco quedaba ya de aquella vieja reliquia con la que se cubría el rostro; pues nada sino restos desgajados había dejado, en el lugar en el que debiera hallarse la cabeza, el doble cañonazo de una escopeta recortada, presumiblemente la que el mismo sostenía entre sus manos frías y grises. Todo parecía indicar, que, incapaz de contemplar los inhumanos despojos a los que el mismo había reducido al desgraciado Bohdan durante su sangriento frenesí y habiéndose terminado ya este, dando paso de nuevo a la templanza, que volvía acompañada de la rigurosa conciencia para que esta contemplara los horrores que el cuerpo había perpetrado durante su ausencia, había decidido poner fin a su miserable existencia de un modo rápido y, desde luego, eficiente. Procuré no demorarme en exceso en el registro de aquella habitación espantosa y comprobé con cierta repugnancia que la presa que los dedos del suicida ejercían sobre la escopeta era bien firme y a priori, irreductible. Busqué con avidez el fúsil de Bohdan, pues sin duda, sería un arma preciada por aquellos lares. Si bien hallé el arma, esta se encontraba inauditamente deformada y cubierta de sangre y restos cuya presencia evidenciaba su terrible participación en el asesinato brutal de mi camarada. No quise tocarla, pero saltaba a la vista que aquel chisme no volvería a disparar por más que mil reparaciones fueran realizadas en él.
Abandoné la habitación y cerré la puerta tras de mí con el corazón y el rostro alterados, mi inquebrantable frialdad, sólida hasta entonces como una roca, parecía mostrar ciertos signos de flaqueza frente aquellas visiones tan extremas: Los últimos acontecimientos, que serían los primeros de una larga lista, empezaban ya a hacer mella en mi interior.
Me preparé para pasar la noche en el tenebroso caserón, inundado ya irremediablemente por las tinieblas nocturnas. Registré a fondo, linterna en mano, todas las estancias de la gran casa, menos la que estaba llena de muertos, y hallé algunas cosas interesantes, posiblemente parte del botín de los anteriores habitantes a los que nosotros habíamos dado muerte. Entre ellas había abundante comida enlatada, rublos, unos mil, pilas para la linterna, un serrucho oxidado y unos alicates que no dudé en guardarme en la mochila, varias botellas de vodka barato y algunas mantas que, junto con la bebida, serían de gran ayuda para combatir el frío que arreciaba. En el sótano, inundado de un olor acre, hallé una gran pila de periódicos viejos. El último ejemplar que coronaba la torre databa del 25 de Abril de 1986, dos días antes del Incidente. Me entretuve un rato, sentado sobre una vieja caldera, hojeando algunas noticias de aquellos días extraños, previos a la catástrofe, tras lo cual, continuando con mi exhaustiva exploración me topé también con una vieja radio portátil, solitaria en una estantería apartada. Como era de esperar, no recibía ninguna emisora y solo pude captar desagradables (…) de diferentes tonos en todas las frecuencias que fui probando. Me la guardé en el bolsillo de la chaqueta no obstante, quizá algún día funcionara de repente. En la parte más profunda del sótano, la más opresiva y cargada de humedad, encontré el cadáver desecado y cuasi momificado de una mujer. La piel marrón tersa sobre los huesos, tan solo un camisón mohoso cubriéndola, estaba boca abajo y el pelo le tapaba la cara. Decidí no seguir avanzando y regresé a los pisos superiores.
Volvía a estar solo, y la inmensidad de la antigua casona no hacía más que recordármelo a cada instante en que mis pasos resonaban en el vacío inabarcable de las habitaciones. Escogí una que al menos tenía un somier con un colchón, aunque este estaba rajado, y me tumbé sobre él cubierto con las mantas, incapaz de dormir de tantas cosas que me rondaban y velaban, y en las que tenía que meditar irremediablemente antes de poder hall


15 Jun 2009 10:46
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Nota Re: Una historia de Stalker que escribi,comentadme que os parece
(CONTINUA) hallarme en paz aquella noche.
Los derroteros por los que anduvo mi mente abotargada fueron diversos, encontrados en ocasiones, fugazmente cambiantes y, hasta tal punto enloquecedores en algunos momentos, que ni los tremendos ruidos que colmaban la noche en el exterior apenas lograban acongojarme durante unos pocos instantes balsámicos. Durante el resto de las horas que pasaban lentamente hacía el amanecer yací acostado en el catre, echó un ovillo en mitad de la terrible oscuridad y el frío, y sobresaltándome cada vez que un grito lejano, un aullido desquiciante o un crujido de la madera, me extraían bruscamente de mis delirantes cavilaciones. Llovía, y el repiqueteo constante de las gotas contra los castigados tejados y paredes se hacía tedioso. Pensaba en esos cuatro hombres muertos, caído uno de ellos bajo la balas de mi rifle, ¿Porque había ocurrido?, es decir porque habíamos venido a matar a cuatro desconocidos por orden de un tipo que se hacía llamar Sidorovich al que no debíamos absolutamente nada y tampoco conocíamos ¿Acaso éramos autómatas? ¿No era este el lugar en el que los hombres son libres?
¿Lo habíamos hecho por dinero? No, por dinero no ¿Entonces por qué? ¿Teníamos elección? Acaso no nos había utilizado Sidorovich para eliminar a un tipo que nada le había hecho sino la competencia más leal, inventándose un pretexto a base de mentiras.¿Era eso posible? ¿O habría algo más oculto detrás? Otros motivos. En ese caso ¿Qué motivos? ¿Quién era realmente ese supuesto comerciante acribillado? ¿Qué hacía en la Zona, a que se dedicaba? Desde luego eso ahora ya no podría saberse. Habíamos cumplido órdenes y seis personas habían muerto, eso era lo único seguro. ¿Por qué? “La Zona se los había llevado”, eso solían decir cuando alguien moría ¿O éramos nosotros quien nos habíamos cobrado sus vidas? ¿Era acaso la Zona un simple pretexto para los asesinos más viles? Qué sin sentido. No quería pensar aquello. Cambié de rumbo.
¿Qué haces aquí? Es el lugar en el que debo estar, es mi lugar, pero ¿Por qué obedeces? ¿Te has convertido ya en una animal? ¿Qué estas buscando? ¿Qué hay en lo más profundo de la Zona? ¿Qué clase de misterios se ocultan bajo la gran Central Nuclear de Chernobyl? ¿Por qué no sientes nada? ¿No te remuerde la conciencia? Has vuelto a matar, es un hecho ¿A cuántos más vas a matar? Cada pregunta habría más preguntas y las respuestas permanecían ocultas ¿No sientes nada? No. Solo una respuesta era clara. No, no siento nada.
No conseguí dormir en toda la noche y la mañana me sorprendió en forma de un ligero resplandor blanquecino y fantasmal que se colaba por las rendijas de la ventana atrancada disipando poco a poco las tinieblas. El frío era atroz, así que me senté en la cama aturullado y completamente envuelto por las mantas de mis difuntos huéspedes, pensando cual era el siguiente paso, la nueva dirección a tomar en aquella carrera sin rumbo.
Comí pescado reseco de una lata sentado en el suelo, y luego abrí la ventana. Había dejado de llover y la mañana era húmeda y gris, no se oía ni se veía nada vivo en kilómetros. Los dos cadáveres seguían tirados en mitad de los amplios terrenos, empapados ahora, recordándome de forma macabra lo que había pasado la tarde anterior. Tras un rato en la ventana, mirando al Norte, escudriñando el horizonte brumoso, decidí que tenía que volver al campamento, hacía el Sur, ya que no me hallaba en condiciones, con mis escasas vituallas, de continuar con mi adentramiento en las profundidades de la Zona, hacía el Norte, hacía la gran planta nuclear. Oteé las lomas pues pensé que quizá podría atisbar algo, cualquier cosa me hubiera bastado, pero no vi nada más que llanos eternos y lomas arboladas de color gris parduzco en la lejanía bañada por el rocío.
Pronto estuve listo para partir, aquel no era un buen lugar para demorarse, un edifico podía atraer a los merodeadores y el olor de la carne muerta y la sangre… dios sabe a que clase de bestias podía atraer eso. Así que comencé la caminata, con el mapa dibujado por Sidorovich en la mano y cargando mi mochila y mi rifle, hacía el campamento, intentando desandar el mismo camino que Bohdan nos había hecho seguir el día anterior.
Intenté evitar la carretera que partía la región en dos incluso con más empeño que en el viaje de ida a la granja, dando considerables rodeos en caso de que fuera necesario, y, siempre que podía, trataba de caminar oculto entre la maleza, rehuyendo las explanadas desnudas de vegetación, donde podía resultar un blanco demasiado fácil. Antes de avanzar en una dirección, siempre paraba y oteaba precavido el horizonte con mis prismáticos, en busca de posibles amenazas. En una ocasión pude ver a dos hombres enmascarados, sendos rifles al hombro, escondidos junto a unas rocas, seguramente atentos al paso de cualquier viajero solitario al que desvalijar, también ellos tenían una especie de catalejo con el que escudriñaban las suaves llanuras onduladas. Afortunadamente no alcanzaron a verme, y pude esquivarlos fácilmente atajando por un bosque cercano. El peligro acechaba constantemente, oculto detrás de cada matorral, de cada árbol podrido, junto a cada formación rocosa, siempre atento a mis cautos movimientos. Aunque la presencia de las bestias deformes que sabía rondaban los bosques no fue en ningún momento un hecho visual, en varias ocasiones pude percibir una anormal respiración recortada contra el silencio, proveniente del profundo y opresivo follaje, o una rama quebrándose en las inmediaciones. Me acechaban pero, por alguna extraña razón, no me atacaron. Quizá, como reminiscencia de su pasado animal, perduraba en estas criaturas un miedo instintivo al hombre.
Avancé con paso firme, no obstante, pues mi objetivo se hallaba cerca, y una renovada seguridad se afianzaba en mi cada vez que mi imaginación se recreaba con diversas elucubraciones fantasiosas acerca de lo que encontraría junto al cadáver del hombre obeso que habíamos abandonado cuando aún éramos tres.
Tras salir por fin del inquietante boscaje, oscuro, radiactivo y poblado de ruidos extraños, avancé descendiendo una pendiente rocosa. La carretera siempre a mi izquierda, a lo lejos, marcándome el rumbo a seguir. La mañana era muy fría y el cielo gris transmitía una sensación constante de pesadumbre. Poco después, pasé muy cerca de una gran nave industrial abandonada, de la cual no me había percatado a la venida, pues habíamos atravesado la colina arbolada por su otra vertiente. Me paré dubitativo, en mitad del llano, observando inevitablemente el misterioso edificio que parecía imbuido con un encanto especial, proveniente sin duda de su ruinosa y desolada naturaleza. Tras observar sus inmediaciones durante un buen rato con mis prismáticos tratando de cerciorarme de que nada vivo merodeaba por allí, decidí acercarme a echar una ojeada, asumiendo el evidente riesgo.
Accedí al enorme complejo saltando una alambrada oxidada que casi cedió bajo mi peso. Junto a mí, como mudos testigos de una actividad pasada, caída ya en el olvido y el abandono, unos enormes camiones trailers a medio descargar y visiblemente maltratados por la intemperie descansaban inmóviles en un parking agrietado. Las cajas por todas partes, destripadas, con su contenido esparcido por el suelo de manera aleatoria, casi todo era ropa, en su mayoría podrida e inservible desde hacía tiempo. Pasé junto a la antigua garita del guardia que vigilaba las instalaciones y accionaba una barrera para que pasaran los vehículos y seguí caminando junto a un gran generador de energía eléctrica chamuscado y estropeado, hacía la gran nave principal. Esta tenía forma rectangular y sus enormes paredes de contrachapado se hallaban decoradas con motivos soviéticos deslucidos por el paso del tiempo.
Pronto me di cuenta de que todo el edifico desprendía un tremendo olor acre de muerte. Nada bueno podía hallarse allí dentro, pero aquello no detuvo mi lento avance hacía la macabra estructura. Volvía a sentir aquella insólita e ineludible llamada hacía lo desconocido, hacía el misterio más peligroso y a la vez demencialmente atrayente para un tipo enfermizo como yo. Cuando abrí una pequeña puerta, insignificante en la monumental fachada oriental, la bocanada de aire rancio y podrido que salió liberado del interior estuvo cerca de derribarme. El cuerpo se me dobló inevitablemente, vencido ante el insoportable hedor, y me convulsioné ante unas terribles arcadas que a duras penas logré contener. Pero aquello tampoco me hizo cejar en mi empeño absurdo y casi masoquista por descubrir los horrores que aquella oscura inmensidad ocultaba. Tapándome la nariz y la boca con un pañuelo, me introduje como absorbido por la tremenda negrura y encendí rápidamente mi linterna. El silencio era mortal, y la hediondez probablemente habría hecho desmayarse a una persona que incautamente hubiera aspirado una larga bocanada de aquel aire impuro. Tras un breve examen de la zona más cercana al acceso lateral, extraje algunas conclusiones sobre el posible uso final de aquel tremendo pabellón: Al parecer, la maquinaria o las cadenas montadoras o cualquier otro bien necesario para que la fábrica fuera tal, había sido retirado en parte, y en parte acumulado en los márgenes del recinto con intención de despejar el área central, seguramente con miras a la utilización de la nave para una tarea especial o de emergencia. Los gigantescos bultos, envueltos en plásticos y sábanas que les daban un aire ciertamente fantasmagórico, se hallaban alineados junto a las paredes laterales, junto a la puerta de acceso, evidenciando tan colosal traslado de equipo industrial. Mientras mi mente fantasiosa daba mil vueltas, a gran velocidad, tratando de concebir una posible razón para semejantes prácticas, fui avanzando lentamente hacía el centro del pabellón, donde el hedor parecía concentrarse de una manera absolutamente desproporcionada.
Pronto, mi titubeante pulso sostuvo la linterna hacía el gigantesco espacio vacío en el que, aún en la total penumbra, parecían dibujarse ya unas sombras informes y nebulosas que anunciaban un horror indescriptible. El inocente haz luminoso, se encontró al fin con la materialización de las atrocidades pregonadas ya por el hedor infame y las sombras antinaturales: Una enorme pirámide se elevaba horriblemente en el mismo centro de la colosal estancia, pero no estaba construida con piedra, ladrillo, o cemento, sino que su estructura terrorífica estaba conformada por cuerpos humanos, amontonados, contorsionados, reducidos a su mínima expresión, calcinados por unas llamas infernales que ya hacía tiempo que se habían consumido, incapaces de reducir a cenizas, de borrar de la faz de la tierra, aquella insoportable amalgama de restos humanos. Me quedé inmóvil, tapándome la cara con la mano que no sostenía la linterna, profundamente aturdido e incapaz de creer semejante atrocidad. Y deseé que aquella demoledora visión, que superaba con creces todos los horrores que había contemplado a lo largo de mi vida pasada y que en el futuro esperaba enfrentar, perteneciera a una de mis ocasionales pesadillas, en las que imágenes tan macabras como la que ahora se presentaba ante mi en la cruda realidad se sucedían como páginas de un catálogo siniestro del horror onírico. Pero no había posible despertar apaciguador, ni forma humana de borrar aquella imagen, que quedaría grabada en mi retina para siempre, reviviendo en mis peores momentos como un resorte inevitable que aún salta de manera agresiva en el momento más inesperado, y no siempre durante mis pesadillas nocturnas.
Me di la vuelta presuroso, con el estomago revuelto, y corriendo, salí del edificio intentando contener la respiración, para caer fuera al suelo casi ahogado, dando grandes bocanadas de aire libre, también cargado de impurezas, pero que ahora me parecía una maravilla tras haber respirado el infecto y corrompido que flotaba inamovible en el interior del recinto infernal.
Tiempo atrás, poco después de la gran explosión, había oído siniestros rumores provenientes en su mayoría de indeseables y proscritos de las bajas esferas, por cuyos círculos yo me movía entonces en busca de respuestas ante las inquietudes que el Incidente había despertado en mí. Hablaban acerca de las macabras prácticas que el gobierno estaba llevando a cabo en los meses posteriores a la catástrofe para librarse del interminable reguero de muertos que las terribles secuelas radiactivas de la explosión estaban dejando a su paso por las desafortunadas comarcas colindantes. En rincones oscuros de tabernas olvidadas y en mítines secretos promovidos por audaces disidentes y agitadores sin causa, se hablaba de grandes piras funerarias ocultas, de fosas comunes secretas tapadas con hormigón, llenas hasta arriba de cadáveres anónimos. Algunas de estas fosas, tras ser descubiertas en una ocasión por ciertos periodistas habían sido justificadas como medidas de emergencia para contener la propagación radiactiva, eso contaban, pues jamás llegó a publicarse nada serio sobre esto en ningún medio. También se hacía referencia en las historias a listas interminables manipuladas para acallar las alarmas que se encendían entre la población e incluso de familiares de las víctimas silenciados por buscar con demasiado empeño a sus muertos, a los que se negaba un entierro digno. Supongo que no podían dejar que el mundo viera como la gente moría a millares en sus propias narices. Por si esto fuera poco, había quien iba más allá y aseguraba que la encomiable ayuda de diversos organismos internacionales había sido rechazada insistentemente por el régimen, que aún en la actualidad seguía empeñado en tapar a toda costa las consecuencias del Incidente, impidiendo de cualquier manera la entrada en la región de Ucrania de ojeadores internacionales y tratando de ahuyentar con prácticas agresivas de dudosa legalidad a todo tipo de turistas extranjeros. Entonces, al igual que hice con las historias sobre los mutantes de la Zona, que en muchas casos provenían de las misma lenguas, no otorgué demasiado crédito ni presté demasiada atención a las furiosas peroratas que exponían todos estos supuestos hechos, obsesionado como estaba por viajar a la Zona. Una vez más, volvía a lamentar mi error, pues más me hubiera valido estar aquel día mejor preparado para afrontar aquellas monstruosidades y aquellos monstruos que en tan poco tiempo habían confirmado con su presencia casi todas las historias increíbles que había escuchado.
Todos estos recuerdos de aquellos días rondaban mi cabeza mientras me alejaba presuroso y agitado del complejo industrial. Pensé que era cuanto menos curioso que tanta gente, incluyéndome a mí, hubiera logrado burlar las defensas del estado en torno al perímetro de seguridad establecido tras el incidente y que tan afanosamente habían intentado mantener, de manera que en este se podían hallar ya por entonces, gente de todas la clases y calañas imaginables, y este proceso de captación iría en aumento a lo largo de los años que seguirían a aquella fecha, aunque eso yo aún no lo sabía. Después de darle no pocas vueltas, llegué a la conclusión de que, si bien estaba claro que el colosal tamaño del perímetro de seguridad influía en el continuado quebrantamiento de su cuarentena, era con seguridad más determinante en esta flagrante falta de exclusividad, la pobre actuación del ejército, encargado de su mantenimiento. Hoy en día, los militares ya no estaban tan comprometidos con las causas ya desfasadas y anacrónicas del gobierno que los mandaba, que además se hallaba en visible desbandada, con los valores que antes lo habían hecho grande prostituidos para satisfacer las crecientes carencias y desajustes del sistema, podrido desde hacía ya décadas. Los subordinados veían el cercano advenimiento de los nuevos órdenes mundiales, en las que la obediencia absoluta ya no tenía cabida y ya no estaban tan por la labor de seguir a rajatabla los locos mandatos del comandante de un barco que se hundía por momentos y de manera irremediable en las aguas turbulentas de las nuevas décadas de progreso. La aceptación de sobornos estaba, pues, a la orden del día, y mientras los altos cargos del ejército preferían dedicar su tiempo a buscar desesperados salvoconductos para protegerse del inevitable cataclismo que se avecinaba, los soldados rasos preferían hacer negocios sucios con los traficantes que se saltaban el perímetro, antes de detenerlos y ejecutarlos, como rezaban específicamente sus órdenes. Mientras tanto, la gente como yo entraba a sus anchas en la Zona y se hallaba de bruces con las barbaridades y los crímenes que su gobierno había enterrado y ocultado, no solo al resto del mundo, sino también a sus propios conciudadanos.
Seguí caminando por los abandonados senderos que marchaban hacía el Sur, paralelos a la carretera, mientras pensaba en estas cosas, pero pronto, cuando el Sol alcanzaba ya su posición más elevada en el cielo tapizado de nubes dispersas, recordé algo que desplazó todas estas especulaciones a un alejado segundo plano. Desde que mis ojos observaran la dantesca visión en el interior del recinto fabril, una sensación acuciante se había instalado en mi estomago, una sensación inconfundible que solía asaltarme cuando alguna expectativa importante y cercana era recordada únicamente por mi subconsciente y este intentaba avisar a mi conciencia, incapaz de darle una forma concreta. Está forma concreta apareció nítidamente ante mi, aliviando la molesta sensación, cuando a lo lejos, desde lo alto del terraplén del ferrocarril, cuya cima había alcanzado sin apenas darme cuenta, divisé un viejo tractor abandonado, volcado y medio cubierto por la maleza grisácea junto a un cobertizo de madera. Recordé entonces lo que había estado fantaseando desde mi tempranera salida de la granja hasta mi traumática experiencia reciente que parecía haberlo suprimido momentáneamente de mi cabeza, dando lugar a preocupaciones más insidiosas: ¡Debía encontrar lo que quisiera que aquel tipo había enterrado la tarde anterior poco antes de ser tiroteado por los mercenarios!
Descendí la pronunciada pendiente con premura, reavivado por nuevas fuerzas, y me dirigí rápidamente al tractor y el cobertizo, solitarios en mitad de una suave explanada poblada de arbustos. El olor allí denotaba ya cierta podredumbre, y las moscas revoloteaban ansiosas en torno al lugar donde se adivinaba el cuerpo entre la maleza. Me paré y di algunas vueltas sobre mi mismo, buscando. Escudriñaba los aledaños en busca de un lugar seguro, oculto y a la vez fácilmente identificable para su futura localización en el que se podía enterrar un objeto de forma inmediata con el apremio evidente que implica la cercanía de varios tipos armados con pocas ganas de charlar. Debía haber tenido poco tiempo para escoger un buen sitio, seguramente se había decidido por lo primero que había visto, no era difícil. Eso pensé. y con el fin de recrear su agitada experiencia final de la forma más fidedigna, me sitúe algo alejado del lugar donde el pobre desgraciado descansaba para siempre, y avancé corriendo hacía el cobertizo mirando en todas direcciones. Tras una pasada rápida, lo que más llamó mi atención fue un arbusto extrañamente deforme que sobresalía por encima de los demás, a unos 10 metros del tractor volcado. Convencido de que aquel era el lugar, escarbé concienzudamente con mi navaja a su alrededor hasta dejar al aire las raíces, pero no hallé nada. Desilusionado, volví a repetir el proceso hasta en cuatro ocasiones más, excavando sin éxito junto a una roca puntiaguda, una par de botellas de cerveza abandonadas entre la maleza, un viejo tocón podrido y unas extrañas señales dibujadas en la arena, seguramente por algún tipo de animal. Empezaba a pensar que no encontraría nada, que quizá aquel hombre había enterrado lo que fuera a cientos de metros de distancia, o simplemente había arañado el suelo durante sus últimos estertores, buscando de esta forma un alivio imposible para el terrible dolor y la desesperación de su agonía. No obstante, movido por una especie de tenaz empeño, extraño en mí que solía rendirme rápidamente ante la adversidad, decidí continuar la búsqueda.
Volví a empezar de cero, tenía que pensar como él había pensado para hallar con la solución: Veamos, hay dos rusos apuntándome desde lo alto del promontorio, no es lógico pararse a enterrar nada en mitad de una explanada, sin cobertura alguna tras la que evadirse de los disparos. ¡Aquello descartaba toda el área que había estado rastreando! Volví sobre mis pasos ante la evidencia de la conclusión y busqué posibles lugares resguardados tras los cuales o bajo los cuales el fugitivo podía haber dispuesto de algunos segundos de relativo sosiego para ocultar lo que no quería que ellos encontraran. La tarea resultaba ardua y poco a poco, iba perdiendo las esperanzas de encontrar nada. Tras el registro infructuoso en los aledaños de lo que quedaba de un desvencijado muro divisorio hecho de piedras, avisté a lo lejos, cerca de la pendiente que ascendía hasta las vías del tren, un viejo Ford abollado y ennegrecido por un fuego añejo. No era difícil suponer que el individuo había pasado junto al vehículo durante su apresurada huída, y el lugar reunía todas las características que yo andaba buscando, no lo pensé dos veces y tras acercarme, siempre con cautela, empecé a cavar con ahínco, acuchillando como un psicópata la tierra gris que lo rodeaba. No tardé en toparme con algo duro, sepultado a escasa profundidad junto a una de las llantas. La cuchilla lo golpeó y saltaron algunas chispas que acompañaron un sonido metálico, al apartar un poco más la tierra, el objeto emitió un leve destello al reflejar un rayo de sol. Bingo!
Era una minúscula caja de metal cuadrada, de unos diez centímetros de largo y dos de alto, sin inscripción ni seña identificatoria alguna. No pude evitar sentirme algo decepcionado, pues al agitar levemente el recipiente, nada sonó en su interior. No obstante lo abrí antes de dar por hecha su inutilidad. Dentro había una hoja de papel cuadriculado, cuidadosamente plegada para que encajara a la perfección en el diminuto estuche. La desdoblé y la extendí bajo los rayos de sol.
Había algo dibujado en la hoja, y antes si quiera de comprender su significado los garabatos ya tomaban diversas formas en mi mente. El dibujo estaba hecho a bolígrafo con trazo firme y ocupaba el centro de la hoja, algunas notas se arremolinaban apretujadas en torno a él, ocupando los márgenes. No entendía estas partes escritas que se entretejían de mala manera, pésimamente caligrafiadas, pero si pude, tras un primer vistazo hacerme una idea de lo que quería representar el dibujo que ocupaba la mayoría del papel. Al parecer, se trataba de un esquemático esbozo tridimensional de un edificio. Realizado sin el cuidado necesario, la estructura representada sin duda podía dar lugar a diversas interpretaciones, aunque más tarde, tras mirarlo largo rato, yo me acabaría decantando por pensar en una pequeña fábrica, de dos plantas, corriente como tantas otras. Descifré algunas de las notas de los márgenes con la ayuda de una lupa que adquirí poco después, pero poco me intrigaron pues hacían referencia en su mayoría a medidas de las diferentes superficies, altura y grosor de las paredes, lugares predispuestos para la instalación de maquinaria. Nada, pues, de lo representado en aquel trozo de papel parecía quedar fuera de la más estricta normalidad, y yo maldije mi suerte por varios días, intentando olvidarme de la hoja y del indudable elemento extraño que se escondía tras el enterramiento apresurado de un mísero plano de fábrica.
Más tarde sería todo esto, pues en el momento del hallazgo, algunos ruidos en el paso bajo el viejo puente ferroviario me pusieron en alerta y guardé apresuradamente el papel y la cajetilla en un bolsillo, agarrando fuerte mi rifle contra el hombro. Varios hombres vestidos de camuflaje rebuscaban entre los escombros amontonados junto a la carretera que atravesaba el terraplén, los observé un momento y seguí caminando hacía el poblado, cuidándome de que no me vieran.
Dos horas después me erguía dominante sobre la ensenada que daba cobijo al destartalado caserío donde Sidorovich tenía su centro de operaciones. Había de comunicarle el funesto resultado del encargo encomendado y dudaba mucho que las muertes de Bohdan y Tamas perturbaran siquiera por un segundo su alma implacable. Las nubes radiactivas seguían ejerciendo su grisácea hegemonía y sobre el pueblo reinaba la más lúgubre de las calmas cuando lo atravesé comprobando que todo seguía tal cual estaba a nuestra partida. Algunas caras nuevas sustituían las de los caídos, que ahora engrosaban las filas del cementerio, no todos como cuerpos, sino la mayoría como simples anotaciones en un grupo de folios que colgaba de un árbol junto al rudimentario camposanto. No todos los cadáveres podían ser recuperados, pues muchos caían en zonas demasiado peligrosas, o bien quedaban tan maltrechos que sus restos no eran susceptibles de ser transportados. Sus camaradas, no obstante optaban muchas veces por inscribirlos en aquel funesto censo que intentaba vanamente llevar un recuento de las almas reclamadas por la Zona. La mayoría de estos recién llegados estarían pronto reflejados en las listas, pues la voracidad de este lugar no conoce límites.

Pronto me hallé frente a la puerta de hierro, en la antesala del particular despacho de Sidorovich, y allí dudé un momento. Por unos segundos, mi “lado humano”, como yo solía llamarlo, apeló a mi sentido del juicio y liberó en mi cierto sentimiento de ira o repulsa hacía el hombre que se hallaba sentado tranquilamente al otro lado de la puerta. Se presentaron ante mis ojos las pruebas irrefutables de la acusación, de las cuales, la más contundente era sin duda la imagen de los restos infames de lo que había sido un ser humano, Bohdan. Aquella parte de mi quería empujar la puerta con fuerza y agarrar al grueso comerciante por el cuello de la camisa y castigarle por obligarme a ver aquello, por obligarme a volver a matar, por haberme hecho empezar a comprender que quizá todo aquello me estaba transformando ya en un monstruo. Algo que más tarde acabaría aceptando como una consecuencia irremediable pero que en aquellas primeras semanas aún carcomía a esta porción humana mía como un puñal candente clavado en sus entrañas. Como ya he dicho, solo fueron unos segundos, pues, pese a todo, está parte más encendida de mi alma rara vez había logrado sobreponerse al frío compendio que formaba junto con mi lado más gélido y autodestructivo, al que poco le importaban las tribulaciones de su alter ego. Empujé la puerta suavemente, reprimiendo mis atisbos emocionales, y anduve hasta pararme frente al mostrador del comerciante, estaba leyendo un viejo periódico mientras mordía con avidez una manzana y apenas se dignó a levantar la mirada.
- Solo yo he sobrevivido – Fue lo que le dije.


16 Jul 2009 15:10
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Registrado: 09 Oct 2007 23:07
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Nota Re: Una historia de Stalker que escribi,comentadme que os parece
Ahora estoy empezando el capitulo 3..


16 Jul 2009 15:12
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Registrado: 15 Jul 2008 14:58
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Ubicación: Atrapado en Tranquility Lane... 0_0
Nota Re: Una historia de Stalker que escribi,comentadme que os parece
Es larguíiiiiiiiisma... pero tiene muy buena pinta el comienzo. Cuando tenga tiempo la leo y entonces opinaré xD.

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Inteligencia militar son dos términos contradictorios... Groucho Marx.


16 Jul 2009 15:18
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Registrado: 08 Jun 2009 04:24
Mensajes: 92
Ubicación: La Zona abandonada, Py
Nota Re: Una historia de Stalker que escribi,comentadme que os parece
Si que estaaa muyyyyy largaaaaaa....Me la estoy leyendo y esta muy buena...Excelente, si que serias un muy buen guinista de peliculas jeje xDD...


16 Jul 2009 15:56
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Registrado: 06 Oct 2008 11:05
Mensajes: 6
Nota Re: Una historia de Stalker que escribi,comentadme que os parece
Camarada nemesis no pierdas el tiempo estudiando económicas o empresariales, dedícate a escribir que es lo tuyo. :smt032


17 Jul 2009 09:17
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Registrado: 09 Oct 2007 23:07
Mensajes: 25
Nota Re: Una historia de Stalker que escribi,comentadme que os parece
Wow, como sabes que estudio empresariales?? :o Es un asco de carrera!

Bueno gracias por comentarme vuestra opinion. Me alegro de que os guste.
El capitulo 3 ya va algo avanzado aunque todavia falta, ahora ando liado con los examenes y no tengo mucho tiempo. Cuando este lo pongo.
Un saludo


27 Ago 2009 09:35
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Registrado: 17 May 2009 18:34
Mensajes: 556
Ubicación: Ya no tengo ni idea
Nota Re: Una historia de Stalker que escribi,comentadme que os parece
te voy a dar un consejo, sube cada capítulo en word por megaupload, porque leerlo asi debe de ser insano xDDD

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27 Ago 2009 11:27
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Registrado: 09 Oct 2007 23:07
Mensajes: 25
Nota Re: Una historia de Stalker que escribi,comentadme que os parece
Siempre se puede copiar y pegar en un documento de word y hacer la letra mas grande.


06 Oct 2009 19:24
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